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Ambición, inseguridad y biopolímeros: la fórmula mortal

Este es el relato de lo que ha vivido Astrid de la Rosa, una mujer de 28 años que en 2008 decidió inyectarse biopolímeros para aumentar sus caderas. Es la voz de quien pagó un precio por inflar su cuerpo y, sin saberlo, deteriorar su salud. El contenido solo se editó para eliminar muletillas y dar mayor coherencia al mismo

Este es el relato de lo que ha vivido Astrid de la Rosa, una mujer de 28 años que en 2008 decidió inyectarse biopolímeros para aumentar sus caderas. Es la voz de quien pagó un precio por inflar su cuerpo y, sin saberlo, deteriorar su salud. El contenido solo se editó para eliminar muletillas y dar mayor coherencia al mismo

Todo comenzó cuando el papá de mi hijo me dejó. Yo estaba muy insegura de mí misma, me sentía poquita cosa, me sentía fea, me sentía horrible. Yo quería atraerlo nuevamente y pensaba en inyectarme las caderas para tener más volumen. La hermana de él, mi cuñada, ya se había sometido al procedimiento: tenía 1000cc en cada glúteo y me decía: "Arréglate para que a él le dé rabia haberte dejado".

Resultados instantáneos

Acostumbro a comprar el periódico diariamente y siempre leo hasta los clasificados. En marzo de 2008 estaba revisando el diario El Siglo, de Maracay y me encontré con un anuncio que decía: "GLÚTEOS ESPECTACULARES en una hora, realiza médico cirujano. Producto confiable, seguro, avalado FDA". La semana siguiente fui al spa, en la urbanización La Floresta, frente a Casa Italia, en Maracay; ya había visitado tres o cuatro lugares donde hacían el procedimiento, pero elegí este porque era súper aséptico, parecía un quirófano y yo asumí que si allí se hacía ese tratamiento era porque lo aplicaba un doctor.

 

 

Sección de clasificados en la cual Astrid de la Rosa leyó la publicidad de Tai's Spa. La foto es la digitalización del diario El Siglo.
 

Me inyectaron la primera semana de abril de 2008, pagué 4 mil 650 bolívares por 1000cc de Biofil, era lo más caro pero no me importaba porque quería lo mejor. Antes de eso yo había llevado un perfil lipídico y una hematología completa que me habían pedido, me imagino que hacían eso para que uno confiara.

Cuando llegó el día, me vestí con un mono y una licra cómoda, primero me atendió la asistente de Sari, quien inyectaba, me dijo que me pusiera una batica azul y que esperara. Sari me había explicado antes que los 1000cc debía ponérmelos como mínimo en tres sesiones.

Recuerdo a Sari, era alta y estaba llena de biopolímeros. Cuando llegó, me delimitó la zona con un marcador, me puso anestesia local y metió una cánula en la cual insertó una inyectadora de 20cc, por ahí comenzó a pasar el Biofil. Cuando faltaban 50cc me dijo que ya no me entraba más material y me puso un algodón presionado con una cinta adhesiva. Me mandó un antiinflamatorio y un antibiótico, me dijo que si sentía ardor me pusiera hielo y me pautó una cita dentro de tres semanas para ponerme la segunda parte del material. Ese día solo me inyectó 120cc en cada lado de mi cadera.

Yo no fui a la segunda sesión porque ya había conseguido el resultado que quería, por eso le ofrecí a mi mamá que utilizará el resto del tratamiento que yo ya lo había pagado, pero ella siempre se negó.

Un hijo enfermero, hospitalización, cuidado y desintoxicación

Al año de haberme inyectado, me sentí mal de la columna: había algo caliente y abultado. Fui al médico y me dijeron que era una celulitis infecciosa, pero yo no tenía fiebre. Después fui a una clínica y el doctor tampoco supo darme respuesta, él fue sincero y me dijo que no sabía qué podía ser, pero que sospechaba de una infección. Acudí a un lugar donde aplican acupuntura y tampoco me ayudaron. Yo sospechaba en mi interior que eso se debía a lo que me había inyectado.

Por fin en el Hospital Central un cirujano me dio la orden para hacerme una resonancia magnética y ahí se veía el biopolímero encapsulado, migrando de la cadera hacia la columna. Yo fui a la estética de Sari y le mostré la resonancia, ella me dijo que no sabía qué era eso, que el problema no era lo que me había inyectado, pero yo sabía que me estaba mintiendo y pensé: "Tranquila, un día te tocará a ti". Nunca la denuncié porque ella estaba toda inyectada: muslos, caderas, glúteos y senos con biopolímeros, ella tenía pelotas, y afirmaba que era porque estaba gorda. Sari también había sido engañada y no voy a actuar de mala fe porque ella no tenía conocimiento.

Después de eso yo iba a los ambulatorios, me mandaban tratamientos errados, duré mucho tiempo tomando analgésicos porque me daban puntadas que me hacían gritar y llorar y me salían muchos moretones en la pierna izquierda.

Mi hijo tenía seis años y se convirtió en enfermero para cuidarme: para ir al baño tenían que bajarme la ropa interior porque no podía agacharme, tenían que ayudarme a sentarme porque no podía hacerlo sola. Me vi mal y una prima enfermera me ponía los tratamientos intravenosos para que se me calmara el dolor, así duré cuatro meses y me dio el primer shock, no podía respirar, me quité el tratamiento y no podía pararme de la cama, ni siquiera gritar. Un día mi hermano tuvo que reventar el candado de la casa para entrar y llevarme al ambulatorio, allí llegué desmayada, me hice pupú como cuatro veces y vomité antes de entrar y caer en el piso.

Me pasaron tratamiento para desintoxicarme, duré toda la noche ahí y cuando estuve consciente mi prima me limpió lo más que pudo y me llevaron a otro ambulatorio. Tenía insuficiencia renal por el tratamiento, duré 22 días hospitalizada, tenía la sangre negra y espesa.

No sabía que tenía insuficiencia renal, me pusieron una sonda y como no se llenó en dos días, me sacaban orine con inyectadora para hacerme exámenes. Ahí se dieron cuenta de que los riñones estaban tapiados de material sintético, o sea de biopolímeros.

Cuando me hospitalizaron la segunda vez duré 12 días, estaba muy flaca y con la piel amarillenta. Mi mamá nunca dejó que me viera en un espejo, pero la cara que ponían mis familiares al verme era suficiente para mí. Estaba que me volvía loca porque tengo que trabajar y mantener los gastos, mi mamá y mi hermano menor fueron los únicos que estuvieron conmigo incondicionalmente. Ahí me dieron la orden para que fuera con un internista.

Los biopolímeros se venden bajo distintos nombres comerciales, el Biofill es uno de ellos.

El Biofil es uno de los nombres comerciales bajo el cual se vendía el biopolímero. Foto archivo.

 

Neurotín, alcohol y ajonjolí

El doctor Hernán Camacaro me mandó el tratamiento adecuado, tomaba en total 800mm de Neurotín divididos entre mañana y noche, más otro analgésico y un protector estomacal. Yo no podía trabajar porque estaba drogada por las medicinas, en la calle se me iban los tiempos, no sabía quién era yo y no podía salir con el niño porque me daba miedo perderme. Dejé el tratamiento porque a veces estaba en la calle y mi hijo era quien guiaba al taxi de regreso para poder llegar, también tuve que dejar la universidad.

Después de la segunda hospitalización, me sentía desahuciada, pensé que me iba a morir, además no contaba con nadie que no fuera mi mamá y me dio por tomar alcohol, consumía hasta dos botellas que mantenía escondidas debajo de la cama. Lo hacía para no pensar, yo no quería pensar.

Mi mamá me decía que yo trabajaba mucho, pero yo no iba a hacer que ella pasara trabajo por mí, por haberme inyectado eso. Vivimos tres años juntas, mi mamá me ayudaba con cosas de la casa. Yo siempre he sido autosuficiente, me fui de la casa a los 16 años y nunca había tocado la puerta para acudir a mis padres; ahora me sentía como alguien que no servía porque no estaba acostumbrada a que me hicieran nada.

Duré menos de un año tomando alcohol y los dolores eran peores, también comía mucha carne y las toxinas de ese alimento me afectaban. Después de que me vio el internista, me mandó una dieta y me prohibió el alcohol y la carne. Yo, entonces, me mantenía sentada en mi casa pensando.

Después de eso me atendió un naturista que me dijo que tenía principios de leucemia. Me mandó un tratamiento y me quitó todo tipo de comida excepto auyama sancochada, ajonjolí y frutos secos como el maní. Mi almuerzo era lechosa verde sancochada con un puño de ajonjolí y tomaba montes, conchas y puros remedios naturales. No podía comer arroz, pasta, harina o carne; lo que me aliviaba era comer una guanábana al día.

A mí se me habían caído todas las unas, ¡todas!. Con ese doctor los valores se comenzaron a normalizar, las uñas comenzaron a crecer, en tres meses me depuró la sangre y yo, ahora, le llevo a otras muchachas para que las trate porque ellas pasan por lo mismo que yo pasé.

Aprendizaje forzado

Hoy en día siento menos mareos, pero trato de trabajar desde mi casa. Cuando me inyecté yo trabajaba en Angel´s y me gastaba 2 mil bolívares mensuales en tratamiento, es decir mil bolívares cada quince días.

Ahorita he mejorado, siempre cargo una faja porque me hace presión y me alivia la inflamación. Además, aprendí a agacharme de manera correcta y cambió mi ritmo de vida: troto dos o tres veces por semana en las noches. Aún tomo pastillas pero solo cuando no aguanto el dolor, además deben estar mis hermanos porque con ese tratamiento pierdo el conocimiento.

Ya voy a cumplir seis años sola, desde que mi esposo se fue, y estoy preocupada en mi problema, en hacer cosas que no hice durante el tiempo que perdí estando en cama. Yo creo que la gran mayoría de los hombres deja a su pareja si esta se inyectó biopolímeros.

Actualmente, después de tanto, agradezco todo lo que he pasado porque me ha quedado un gran aprendizaje, a golpes pero me quedó. Por haberme inyectado me obstaculicé en el ámbito profesional y también en la universidad. Ahora trabajo en la Escuela de Aviación Militar en Las Delicias, doy clases, y me va bien. Además, participo en la fundación No a los Biopolímeros, ahí puedo pasar todo el día con el teléfono atendiendo denuncias y dando sugerencias a mujeres que sufren lo mismo que yo.

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