Alí Rodríguez Araque echa su cuento
> En Antes de que se me olvide, un libro conversación con la periodista cubana Rosa Miriam Elizalde, publicado por Editora Política de La Habana y que será bautizado hoy en Caracas, el autor recorre su vida clandestina y pública y analiza la Venezuela que le ha tocado vivir > Aquí se transcribe el prólogo del Presidente Chávez y el pasaje donde Rodríguez narra detalladamente por primera vez su participación en la rebelión cívico militar del 4 de febrero de 1992
> En Antes de que se me olvide, un libro conversación con la periodista cubana Rosa Miriam Elizalde, publicado por Editora Política de La Habana y que será bautizado hoy en Caracas, el autor recorre su vida clandestina y pública y analiza la Venezuela que le ha tocado vivir > Aquí se transcribe el prólogo del Presidente Chávez y el pasaje donde Rodríguez narra detalladamente por primera vez su participación en la rebelión cívico militar del 4 de febrero de 1992
HUGO CHÁVEZ FRÍAS
I
Estamos ante un libro real y verdaderamente excepcional. Excepcional, subrayo, tanto por la calidad del entrevistado como por la calidad de la entrevistadora.
Quiero hablar, en primer término, de la entrevistadora, de mi querida y admirada Rosa Miriam Elizalde. Y no puedo dejar de evocar aquellas largas y memorables jornadas de trabajo que realizamos, junto a mi no menos querido y admirado Luis Báez, y que se convirtieron en la larga y, en mi criterio, magnífica entrevista a este servidor que cierra el libro Chávez nuestro (2004).
Digno de todos los elogios es el trabajo realizado aquí por Rosa Miriam Elizalde.
Su acuciosidad como periodista se pone nuevamente de manifiesto para ofrecernos, a través del arte de la conversación, el retrato de un hombre y su tiempo; el retrato de este venezolano ejemplar llamado Alí Rodríguez y de su complejo y fecundo periplo vital pero, atención, inserto dentro del transcurrir histórico que le da sentido y razón y, al mismo tiempo, lo trasciende.
Revelador es el título de este libro: Antes de que se me olvide. Alí nos señala que es una expresión corriente entre las y los combatientes de la guerrilla venezolana de los años 60 del siglo pasado: una expresión que apunta hacia la urgencia y la necesidad de hacer memoria.
Bien puede decirse, entonces, que Rosa Miriam y Alí emprendieron una búsqueda apasionada e infatigable por los caminos de la memoria: de la memoria personal y de la memoria colectiva. Y esta memoria no solo sabe contarse espléndidamente a sí misma, sino que, también, sabe reflexionar hondamente sobre sí misma.
Rosa Miriam nos advierte que este no es un libro biográfico. Ciertamente, las trazas biográficas de Alí, las huellas de todo lo vivido, se nos van presentando con extraordinaria amenidad y pareja lucidez. Pero, igualmente, en estas páginas queda admirablemente recogida la inmensa riqueza del pensamiento revolucionario de Alí quien es, sin duda alguna, en Venezuela, uno de los mejores conocedores de la obra de Marx. En lo personal, a mí siempre me ha asombrado la vastedad de la cultura de este gran camarada y amigo. Y lo más importante es que este lector infatigable, este hombre de ideas, se ha consagrado a lo largo de su existencia toda a unir indisolublemente teoría y praxis.
Ya he comenzado a hablar del entrevistado, pero quiero volver a la entrevistadora. Hablaba un poco más arriba del arte de la conversación. Bien puede decirse que el gran conversador que es Alí encontró en Rosa Miriam a su interlocutora ideal: una interlocutora que sabe oír, que sabe plantear las preguntas pertinentes y formular los comentarios oportunos.
II
Hay vidas que al volver a ellas nos van iluminando una época, nos revelan una historia al punto que la persona que la vivió, sin proponérselo, acaba siendo el testigo de una conciencia vigilante, de un pulso existencial que impulsa y esclarece. Tal es el caso de Alí Rodríguez Araque, quien, al desnudar su memoria y dar cuenta de lo que en ella conserva, nos la convierte en una experiencia —como la consideraba el poeta Rainer María Rilke— que ya no es solo suya: una experiencia que sirve para reconocernos y reconocer a la Venezuela de nuestros desvelos; la Venezuela bolivariana que tiene en este hombre a uno de sus hijos más ilustres y abnegados.
Yo conozco la calidad revolucionaria —para usar la expresión de nuestro Maestro, de Alí y mío, Alfredo Maneiro— que ha sabido encarnar este gran camarada. La calidad revolucionaria, digo, de Alí como militante, como combatiente, como servidor público y, en no menor medida, como pensador. He tenido en él a un magnífico colaborador que siempre ha demostrado ser un hombre de las dificultades: basta con recordar su brillante actuación al frente de PDVSA, enfrentando resueltamente el paro petrolero de diciembre y enero de 2002-2003, y convirtiéndose en uno de los artífices de aquella gran victoria popular.
Y puedo dar fe, igualmente, de su condición de cultor de la amistad: el más diáfano afecto y la más plena identificación nacieron entre Alí y este servidor desde que nos conocimos allá por el año 1988. (Siempre rememoro con emoción aquel primer encuentro entre el curtido guerrillero y el joven militar revolucionario). Nos ha tocado enfrentar toda clase de vicisitudes, nos ha tocado batallar incesantemente, y nuestra amistad no ha tenido ni una sombra ni una grieta. Me honra sentir y saber que este hombre, tan valiente como lúcido, es uno de mis seres más cercanos.
Seguir párrafo a párrafo el transcurrir histórico que Alí nos hace ver es recuperar, a plenitud, lo que el gran Augusto Mijares definió como “lo afirmativo venezolano”: esos rasgos distintivos del alma del pueblo de Simón Bolívar que son decisivos en esta hora en la que darle rostro propio a la patria sigue siendo una exigencia ineludible.
Antes de que se me olvide es mucho más que el registro de un diálogo, es, para decirlo con Unamuno, la comparecencia de un hombre de “carne y hueso” tratando de hallar su “trascendencia” desde los “hechos” que nos van conformando y no desde los asuntos subalternos que la cotidianidad termina arrimando al olvido. Todo en él se nos vuelve sustantivo por el peso humano que lo sostiene, por la fuerza que alcanza en cada reflexión, por el vuelo emotivo desde donde se da cuenta de una existencia, al igual que se plasman las razones de haber vivido lo que se ha vivido.
En cada una de las reflexiones y remembranzas de Alí se nos aparece esa Venezuela a la que pocas veces se alude, y que él se ha empeñado en hacérnosla ver, como si con su insistencia quisiera señalarnos un destino; eso que se nos vuelve sagrado al instante de ver y de vernos en la historia y que hay que expresarlo a la manera del elocuente título de este portentoso libro: antes de que se nos olvide y, agrego yo, para que nunca se nos olvide. Pero además y sobre todo, tenemos que advertir que quien se nos muestra en esta larga y acuciosa entrevista es un revolucionario a carta cabal, un revolucionario a conciencia y de hecho, y probado en los más diversos terrenos. En Alí reconocemos una curtida sabiduría política que solo es comparable con su proverbial bonhomía. Su humildad y su tenacidad, al igual que su serenidad a prueba de bombas, le han servido para ser quien es hoy: uno de los hombres que con más pasión vive la dignidad de haber nacido en esta tierra y de ser legítimo heredero y continuador de todas nuestras luchas libertarias.
Este libro, esencial para conocer a la Venezuela contemporánea, devela para el lector venezolano, cubano y nuestroamericano, no solo al genuino protagonista que es Alí Rodríguez Araque del devenir de la Revolución Bolivariana, sino que nos coloca ante una agudísima inteligencia que ilumina los problemas y las dificultades de la vía venezolana al socialismo, pero también su arraigo popular, su fuerza histórica y, por supuesto, sus avances. Igualmente, la visión de Alí proyecta todo lo que está por hacer, con plena conciencia de que el socialismo apenas ha comenzado a implantar su dinámica en Venezuela.
Quiero destacar una problemática, tan concreta y trascendente, a la que el pensamiento de Alí vuelve, una y otra vez, en el transcurso de este extraordinario diálogo: la necesidad de transformar a fondo el modelo rentista que heredó la Revolución Bolivariana al convertirse en gobierno; la necesidad de acelerar el tránsito y la transición de la Venezuela rentista a la Venezuela productiva. Por eso mismo, el petróleo y la forma como ha determinado el destino de Venezuela tienen un peso fundamental en estas páginas. Alí es un gran conocedor de esta materia, y todo lo que aquí dice debe ser objeto de la reflexión colectiva de los hombres y de las mujeres que hemos hecho nuestra la causa de la liberación nacional y del socialismo.
III
Al recorrer ese inmenso e inconmensurable arco que va desde su infancia en su Ejido natal hasta su desempeño actual como secretario general de la Unasur, Alí nos muestra una vida apasionada y apasionante a través de la cual hallamos la clara huella de quien nació y ha vivido para servir al pueblo.
Recuerdo aquellas palabras de Walt Whitman: “Camarada, esto no es un libro. El que lo toca, toca a un hombre”. Aquí está un hombre que, desde niño, imaginaba un país en el que “nadie tiene derecho a tomar de la sociedad, si no está contribuyendo positivamente con ella”; aquí está un hombre que, con la plena conciencia que da la vida revolucionaria, sostiene que el sentido primordial de la lucha reside en comprometerse, en cuerpo y alma, con un “proceso en el cual el ser humano se vaya liberando de las cadenas que lo atan a sus necesidades materiales, para conquistar grados cada vez más elevados de libertad y el sentimiento de felicidad que esto comporta”.
Hay, pues, en cada fragmento de esta memoria recuperada, cómo decirlo, una confesión vital que nos acerca, con la pasión que solo Alí le sabe poner a todo cuanto hace, al sentir auténtico de un verdadero y entrañable combatiente que, como quería el Che, nunca ha dejado de sentir bajo sus talones el costillar de Rocinante, y siempre ha vuelto al camino, con la adarga al brazo, para desfacer entuertos y agravios. No en vano los viejos cimarrones de la Sierra de Coro que cerraron filas con él en el Frente José Leonardo Chirino en los años 60 del siglo pasado, lo siguen llamando hoy, respetuosa y afectuosamente, con su nombre de guerra: Fausto.
Los valores cultivados en la infancia; las inquietudes políticas e intelectuales de su adolescencia, donde abrazó el comunismo como bandera contra la dictadura de Pérez Jiménez; su prolongada formación y estudios que tan honda huella han dejado en su alma; su paso decidido por las montañas como guerrillero, donde se hizo adalid de la dignidad; su labor como parlamentario, defendiendo, con firmeza y valentía, nuestra soberanía petrolera; su leal compromiso con la resurrección de la patria junto a los militares rebeldes en 1992; su desempeño como servidor público de primera línea, ejerciendo diversos cargos en el Gobierno Bolivariano; en fin, uno, todos y el mismo Alí, testigo y partero de la patria socialista, de la patria libre, soberana e independiente
Me permito recomendar la lectura detenida de Antes de que se me olvide. En especial, pienso que todo hombre y toda mujer que se identifique con nuestra Revolución Bolivariana, encontrará en estas páginas enseñanzas y orientaciones de la mayor importancia. La necesaria e inacabable labor de pensar a la Revolución, esto es, de pensarnos a nosotras y nosotros mismos, recibe un sólido impulso con la aparición de este extraordinario libro.
Valga culminar este prólogo citando unas palabras de Alí que me conmueven profundamente. Haciendo un balance puntual de su vida como revolucionario, nos dice:
“Lo mejor es lo que he hecho, actuar en cada momento de acuerdo con mi conciencia, de acuerdo con mis principios y de acuerdo con mis convicciones, que han guiado las decisiones de mi vida, tratando siempre de hacerlo con la mayor humildad, y siempre pensando en la suerte de la gran mayoría de nuestra gente, un pueblo que en el pasado apenas si recibía migajas de la gran riqueza extraída de las entrañas de su propia tierra. Aun hoy, con todo lo que se ha mejorado, es duro y empinado el trayecto que falta por recorrer. Hablar de lo que habría hecho mejor sería especular, pues hoy tengo mucha mayor experiencia y sentido de la realidad, sin renunciar a los sueños, que siguen siendo los mismos”.
Necesito agregar algo a lo que está tan bien dicho, y lo hago dirigiéndome a mi querido Alí: los sueños, los irrenunciables sueños de siempre, se están haciendo realidad y tú, hermano mío, has contribuido grandemente a que así sea. Por eso mismo, la gratitud te es tan debida como la admiración.
“La carencia de armas nos impidió actuar conforme a lo planeado”
—¿Cuándo conoció usted a Chávez?
—En 1988, no recuerdo bien en qué mes. Nos encontramos en una reunión en el estado Carabobo. Me impresionó de él una expresión que tuvo en un momento en que analizábamos la situación política. En esa reunión estuvimos Chávez, otros dos oficiales, Roger Capella, Pablo Medina y yo.
Pablo argumentaba que había que tener mucho aplomo, mucha paciencia para esperar el momento favorable en que las cosas pudieran cambiar. Recuerdo que Chávez, en un momento del debate que siempre hacíamos, con emoción creciente, señaló que había que esperar, ciertamente, pero que no podía pasar mucho tiempo, porque: “Si esta vaina sigue así, ¡yo prefiero morir combatiendo montado en un tanque o en la guerrilla, en una montaña!” Una expresión que uno puede utilizar simplemente para enfatizar un argumento, pero que adquiere otra connotación en momentos como en el que discutíamos qué hacer y las decisiones que había que tomar.
Lo que me impresionó en esa ocasión no fue la expresión misma, sino la fuerza, la forma, la convicción y la decisión profunda que sentí en quien apenas estaba conociendo personalmente. De ahí que se me haya quedado muy grabada esa reunión y lo que sentí, que iría profundizándose en los tiempos subsiguientes, es decir, de quien es impulsado por un ideal y un compromiso muy profundos, donde lo menos que se apuesta es la vida misma. Eso explica que cada día se haya fortalecido mi relación integral con él y su liderazgo.
—¿Cómo usted se involucra en la rebelión del 4 de Febrero?
—A mí se me designó como enlace con el Comandante Hugo Chávez, para lo cual mudé mi residencia a Maracay, donde estaba su comando. Junto con El Cabito y otras veces con Pablo Medina, o Roger Capella, en ocasiones yo solo, realizamos reuniones en los lugares más variados. Siempre analizábamos la situación, los planes e intercambiábamos informaciones. En esta misma tarea viajé a Maracaibo, donde conocí a Francisco Arias Cárdenas (Pancho). Eran los días previos al 4 de febrero de 1992.
La última reunión previa al levantamiento, nos reunimos en un edificio de la urbanización El Paraíso, donde vivía uno de mis compañeros de mayor confianza. Desde allí se apreciaba muy claramente la situación dominante sobre todo el oeste de la ciudad y sobre Miraflores. En ese emplazamiento había funcionado durante muchas décadas el Ministerio de la Defensa. Se trata del Cuartel de La Planicie ubicado en las muy pobladas barriadas del 23 de Enero en Caracas. Le recomendé instalar allí el puesto de mando. Chávez se quedó parado en el lugar por un buen rato, contemplando esa vieja edificación para ese entonces ya transformada en Museo Militar y, ahora en Comandancia de las Milicias. Finalmente, fue el lugar seleccionado para conducir las operaciones.
Acordamos que, con dos días de anticipación, me informaría el momento de la orden de abrir operaciones para preparar a nuestra gente en Caracas. Antes de entrar en acción, yo lo esperaría en la entrada de la ciudad, en un lugar conocido como Tazón, donde lo acompañaría hasta el Museo Militar y, desde allí, entregarles armas a los compañeros previamente seleccionados.
Habíamos realizado reuniones, analizábamos el mejor momento para la acción hasta que el propio Chávez dijo que no se podía contener la situación por mucho tiempo. Él estaba preocupado por la posible detección del movimiento pues, entre otros factores, ya se habían producido hechos que volcaban la atención de los aparatos de inteligencia sobre él. La ultraizquierda, por su lado, lo acusaba de demorar la insurrección e incluso, como lo ha referido el propio Chávez, Bandera Roja hizo planes para asesinarlo, mientras se corría el riesgo de que se filtrara la conspiración dentro del seno de la Fuerza Armada. Hecho que finalmente ocurrió por la delación de un oficial arrepentido. Esto obligó a precipitar los acontecimientos sin contar con todas las fuerzas comprometidas y sin la suficiente coordinación operativa con alguna de las unidades. A todo lo cual se agregó el inconveniente, entre otros, de que los tanques movilizados por las fuerzas revolucionarias, habían sido despojados de munición, luego de la denuncia mencionada.
Mi contacto con el Comandante Hugo Chávez era una compañera de mucha experiencia, que había militado con nosotros en el PRV, Iris García. Ella vivía en La Victoria, ciudad próxima a Maracay. Sin embargo, tropezábamos con dificultades en las comunicaciones telefónicas. Como yo sabía de la proximidad de las operaciones, sin conocer con exactitud el día y la hora, decidí trasladarme a Maracay junto con un compañero, Wilson, pues había hecho muchos intentos de comunicarme telefónicamente desde Caracas, sin resultados. Ya en Maracay, después de llamar repetidas veces, cerca de las nueve de la noche del 3 de febrero, me responde Iris con las claves convenidas. Me comunicó que debía estar una hora después en el lugar preestablecido. Para colmo de males, yo manejaba un auto Renault cuyo encendido automático fallaba y había que empujarlo. Fue lo que con toda la premura del caso hicimos el negro Wilson y yo. Tan pronto logramos encenderlo, salimos a toda velocidad hacia Caracas sin poder alertar ni siquiera a los compañeros de Aragua.
Ya, acercándonos a Caracas, observamos el convoy que identifiqué de inmediato pues, aunque no eran transportes militares, conocía el plan de tomar los vehículos de transporte colectivo que llegaban a la terminal de transporte interurbano que se encontraba frente al Cuartel Páez, sede del Comando del Batallón de Paracaidistas de Maracay. La caravana de autobuses de los más variados colores, no ocultaban del todo la cara de los soldados allí transportados. El Negro y yo nos estrechamos las manos, emocionados, pues era la certeza de que las operaciones estaban a punto de comenzar Y que, como diría Julio César al cruzar el Rubicón, “la suerte está echada”, ya no hay vuelta atrás. Logramos adelantar todo el convoy, tomar cierta ventaja y colocarnos en el lugar de espera. Sin embargo, pasó el último vehículo sin que se produjera el encuentro previsto.
Esperamos un buen rato, pues como posible reserva, habíamos acordado que si no pasaba el Comandante Chávez, me recogería un oficial con una clave convenida, pero al transcurrir suficiente tiempo sin resultados, finalmente decidí llegar hasta Caracas para convocar a la gente a una reunión y prepararnos para la acción. Al mismo tiempo, buscar a Pablo, quien no se encontraba en su casa y a Rafael Uzcátegui, quien estaba al tanto del posible levantamiento. A Pablo no logré ubicarlo sino un par de horas después, muy tarde, andaba acompañado del negro Zabala. A Uzcátegui lo recogí en su casa, fui a la reunión convocada en casa de Jacobo Torres y envié a un compañero a tratar de hacer contacto en el Museo Militar con una clave previamente acordada con el Comandante Chávez. Mientras tanto, salí de nuevo a localizar a Pablo. Tiempo después lo logré, pero perdí el contacto con el compañero que envié a La Planicie, quien se encontró con tropas del gobierno que ya se dirigían al mismo lugar, sin poder hacer el contacto final de reserva.
A todas estas, ya se habían producido los enfrentamientos en Miraflores donde nos correspondía reforzar y, al mismo tiempo, tomar algunas plantas de radio y TV. La carencia de armas nos impidió actuar conforme a lo planeado. Así transcurrió un tiempo desesperante hasta que logré restablecer el contacto con Albert, encargado de llegar a La Planicie, quien me informó que no pudo hacerlo pues los accesos estaban tomados por fuerzas del gobierno que avanzaban hacia allá.
Desde el sitio donde trataba de organizar con Pablo Medina la forma de acceder a Chávez, oímos al amanecer su ya famosa presentación con el impactante “por ahora”. Para mí, las horas que transcurrieron sin saber de él fueron de una angustia que no te puedo narrar, pues temía que lo hubieran liquidado. En verdad que su sobrevivencia en estos hechos y, años después, durante los dramáticos momentos del golpe de Estado de 2002, es como para que quienes creen en la predestinación, fortalezcan su creencia. Carlos Andrés Pérez había ordenado el bombardeo de La Planicie para liquidar a Chávez y los compañeros que allí se encontraban con él, donde yo mismo debería haber estado de haber funcionado los fallidos planes de contactos.
A partir de tales sucesos, surgen crecientes conflictos internos en La Causa R que se van agudizando cada vez más. Un sector mantenía una posición que, si bien era ambigua al comienzo, después del levantamiento del 4 de Febrero de 1992, se fue definiendo más claramente, aunque todavía, durante los preparativos del nuevo alzamiento militar del 27 de Noviembre de ese año, se nos designó a Tello Benítez y a mí para concurrir a una reunión con el capitán de navío Rodríguez Chacín y otros oficiales.” Yo había mantenido la relación con los almirantes Hernán Grüber Odremán y Cabrera Sifontes, así como con el general Francisco Visconti.” los tenientes coroneles Wilmar Castro Soteldo, Luis Reyes Reyes, Garrido y otros. Este movimiento también fue muy fuerte, pero lo desbarató la delación de un oficial de la Marina de apellido Manrique
—¿Cuál era el plan para este nuevo alzamiento?
—Según el plan original, el alzamiento se iniciaría en las unidades de la Infantería de Marina que asegurarían el Puerto de La Guaira, el Aeropuerto Internacional de Maiquetía y subirían a Caracas para entregarnos armas en la avenida Sucre que nos permitieran incorporarnos a la toma de Miraflores Se había decidido también la intervención de la radio y la TV. Este objetivo se cumplió en parte con la toma del Canal 8 de la televisión. Estaba previsto el silenciamiento de los otros canales a través de operaciones que preparamos con técnicos en una reunión conjunta con el comandante Wilmar Castro Soteldo. La operación consistía en tomar las antenas de los otros canales e impedir las transmisiones; no se pudo realizar del todo y desde el Canal 4, que tenía proyección satelital, lograron organizar la alocución de Carlos Andrés Pérez al país.
Por fallas en la coordinación, una grabación previamente elaborada por los almirantes y el general Visconti, así como de otros oficiales, se extravió y la que se colocó fue una que también había enviado el comandante Chávez por dos compañeros que no eran los designados para hacer la presentación.
Para mayor complicación, hubo problemas para decidir la orden de operar a la Aviación que, de todas maneras, inició la acción al amanecer. Pero esta sola no podía hacer mayor cosa si no se garantizaban las operaciones en tierra. Los pilotos revolucionarios actuaron con decisión. Hubo combate aéreo con la consecuencia de un avión que cayó en el aeropuerto de La Carlota al ser impactado por un F-16 enemigo, gracias a la pericia de su piloto que lo dirigió hasta allí para evitar víctimas inocentes de haberse estrellado en la ciudad poblada.
La mencionada ambigüedad afectó severamente la posibilidad de que La Causa R tuviera un rol importante el 4 de Febrero y el 27 de Noviembre. Determinó incluso que la fuerza principal que teníamos en Guayana estuviera confundida con respecto a este movimiento de los militares revolucionarios.
—¿Había tensiones en La Causa R entre los que venían de la guerrilla y los demás?
—En La Causa Radical siempre hubo un problema muy serio al respecto, pero no porque algunos vinieran de la guerrilla y otros no. Lucas Matheus, por ejemplo, había formado parte de la Comandancia del Frente Manuel Ponte Rodríguez cuando Maneiro lo dirigía. Parecía que todos estaban de acuerdo con la insurrección cívico-militar, actuando conjuntamente militares revolucionarios, trabajadores, el movimiento popular, algunos intelectuales y el Partido. Tal fue la concepción de Alfredo Maneiro que todos, al parecer, acompañaban. Sin embargo, el sector que tenía el mayor control de la organización abrigaba muchos prejuicios acerca de los militares. Salvo Pablo Medina, Roger Capella y yo, que era casi un recién llegado a esa organización, los demás tenían reservas. Eso provocó que La Causa no acompañara en bloque al movimiento. Y fue factor determinante para la posterior división de la organización.
Después del 4 de Febrero tuvimos muy fuertes discusiones. Pablo Medina, que era el secretario general, fue increpado muy duramente en una reunión secreta de la Dirección Nacional realizada en Ciudad Bolívar. Yo esperaba ser expulsado por cumplir el compromiso con los militares revolucionarios y, muy particularmente, con Hugo Chávez. Pero en esa misma reunión se produjo una valiente intervención, muy enérgica y categórica, de Roger Capella, quien le recordó a la Dirección que había un compromiso y no nos podíamos hacer los pendejos con lo que había ocurrido”, como si tal compromiso no existiera. Esto acalló a los más severos críticos. El problema se mantuvo, pues en realidad lo que estaba en discusión era si nos definíamos en una posición revolucionaria o no. De allí que, sin que pasara mucho tiempo, se consumaría la división de La Causa R, a través de una declaración pública de Andrés Velásquez, quien anunciaba la expulsión de Pablo Medina, Aristóbulo Istúriz, el general Alberto Müller Rojas, Alí Rodríguez Araque y otros dirigentes del Partido.
La mayor parte de la militancia se reagrupó en un nuevo partido político, Patria Para Todos (PPT), que tiempo después se incorporó a la plataforma electoral de Chávez, el Polo Patriótico.

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