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«Y digo que les voy a decir… «

Los hechos más noticiosos ocurridos en lo que va de octubre han sido terribles. Lo que se ha dicho y dejado de decir acerca de ellos, también. Todo lo que podía salir mal está saliendo mal.

Los hechos más noticiosos ocurridos en lo que va de octubre han sido terribles. Lo que se ha dicho y dejado de decir acerca de ellos, también. Todo lo que podía salir mal está saliendo mal.

Hablemos acá no de los hechos, sino de lo que se ha dicho de ellos. Los políticos pueden hablar o pueden callar, pero varios altos funcionarios del gobierno están ensayando una moda- lidad híbrida: decir sin decir o decir que luego van a decir. Tal vez sea toda una innovación, pero en casos como los que nos han ocupado (y preocupado) en estas dos últimas semanas, esa estrategia de comunicación política es la peor imaginable: causa corrosivas incertidumbres y lacerantes dudas entre los aliados; y proporciona excelente leña para la inextinguible hoguera de los enemigos y adversarios.

El presidente Nicolás Maduro apela con frecuencia a esa modalidad. En el pasado lo hemos oído decir frases como "¡ay, si yo dijera todo lo que sé!", refiriéndose a diversos asuntos. En temas de la política "normal" (llamémoslo de alguna forma) puede ser tremenda fórmula, pero en situaciones críticas se convierte en un factor potenciador de la angustia. En el caso del diputado Robert Serra, Maduro ha señalado que el gobierno sabe muchas cosas, pero que las irá soltando poco a poco, en una especie de campaña de intriga que -al menos en mi vulgar opinión- es por completo inconveniente. En la calle, en el metro, en las aulas, la gente pregunta (presumiendo que uno conoce las respuestas) por qué el Presidente no dice lo que sabe de una buena vez. Y si no puede (por aquello de cuidar la investigación), por qué más bien no aguanta las ganas de anunciar sus próximas revelaciones. ¿Por qué arriesgarse a crear expectativas que tal vez luego resulten en frustración y desengaño?

Otros altos funcionarios se han ido de boca en sus declaraciones iniciales sin tener en cuenta que son parte esencial de las investigaciones y hasta del hecho mismo. Así ocurrió con el caso de los integrantes del grupo Escudo de la Revolución abatidos por el Cicpc. Los voceros gubernamentales han usado expresiones que echan por la borda años de lucha contra el discurso satanizador de los colectivos, desplegado por lo peor de la dirigencia opositora y mediática.

Este cuadro se completa con un clima comunicacional muy perturbado en el que por un lado están los medios opositores, con sus típicas manipulaciones despiadadas; y por el otro, unos medios públicos que suelen aturdirse ante los temas peliagudos y casi siempre optan por el silencio inicial, para luego limitarse a ser meros parlantes de las declaraciones poco felices ya reseñadas. En fin, una situación muy murphiana en la que todo lo que podía salir mal está saliendo mal.

clodoher@yahoo.com

/N.A

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