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«Si me llama Kike, dile que no estoy»

Algo importante en la vida es percatarse de cuando nos estamos poniendo fastidiosos. Por ejemplo, si los amigos empiezan a decirle a la mamá: "Oye, pon cuidao, si me llama Kike, dile que no estoy", debería prenderse la primera alarma.

Algo importante en la vida es percatarse de cuando nos estamos poniendo fastidiosos. Por ejemplo, si los amigos empiezan a decirle a la mamá: "Oye, pon cuidao, si me llama Kike, dile que no estoy", debería prenderse la primera alarma.

Lo malo es que uno casi nunca se entera o -lo más frecuente- no quiere enterarse, hasta que la mamá del pana, cansada del jueguito o en un arranque de sinceridad, suelta un: "Mira, mijo, él está aquí, pero no quiere atenderte", y ¡zuas, tremendo trauma adolescente, caballero!

En política, este fenómeno suele ocurrir con "amigos" nacionales y extranjeros y también con los medios de comunicación. Y, claro, como se trata de escenarios públicos, el desprecio te lo hacen frente a, literalmente, todo el mundo. Para que más te duela.

La escena es más o menos parecida. Un asesor le dice al presidente del país M: "Mire, que por ahí quiere venir el señor ese que dice que le robaron las elecciones, para reunirse con usted en el palacio y luego dar una rueda de prensa conjunta". Y el presidente del país M pone cara de Michael Douglas en Atracción fatal y grita: "¡Nooo!, ¿cómo se le ocurre plantear ese tema aquí?".

Por artes de la diplomacia, los gobiernos (como las madres) tratan de ser discretos, al menos las primeras veces. Sale un vocero y dice: "Lamentablemente no vamos a poder a recibir al señor gobernador por razones de conciliación de agendas". Un portazo en las narices, pero con qué elegancia.

Sin embargo, hasta las mejores casas diplomáticas del mundo, llegado el momento, apelan al arma de la sinceridad más hiriente (al mismo estilo de la madre hastiada de mentir), así que si el fastidioso se niega a entender las señales previas, no es raro que lo hagan pasar un verdadero mal rato: "No lo vamos a recibir y punto, dígale que ni se le ocurra aparecerse por acá".

En el caso de los medios, cuando un político se pone latoso adquiere el estigma de "galápago", una antigua palabra del argot profesional que dibuja a quien pretende salir en la prensa a cada rato, aunque casi nunca sea portador de noticia alguna. Los periodistas empiezan a sacarle el cuerpo entero o alguna parte de él. Se repite, una vez más, la escena de la madre. El jefe de Redacción le dice a la asistente: "si llama Henrique, dile que estoy en reunión"; y el jefe de Política ordena: "Si este tipo pide otra entrevista, que vaya el pasante… ¡es que se convirtió en un tronco e' galápago!".

La dirigencia opositora ha internacionalizado su galapaguismo. Ya hasta en las cadenas mundiales de noticias (que hasta ahora habían sido como una madre para ellos) están tomando sus previsiones: "Si vienen otra vez los llorones de Venezuela, dile que estamos remodelando el estudio".

clodoher@yahoo.com

/N.A

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