Culturales

La profe Olga

La mañana del 28 de enero nos recibió con la partida de la profesora Olga Dragnic. Solo vimos una materia con mi querida profe: Seminario de Periodismo Cultural, se llamaba. Una materia, unas horas de un apretado semestre que nunca tuvo (ni ha tenido) seis meses fueron suficientes para tenerla siempre presente, tal era lo impecable (e implacable) de su argumento, de su discurso.

Corrían los turbulentos años ochenta, esos de los que tanto se habla. Años de muchas muertes. Años de los que tenemos los mejores y los peores recuerdos. Años del primer amor, de los mejores amores y de los últimos amores. Años de luchas, de reconocernos en nuestras sensibilidades, años de definir hacia dónde había que correr y hacia dónde había que apuntar, con ideas, con acciones, con flores y con piedras. Años de absorber lo mejor que nos podía dar la academia, años de la comunicación social, de la palabra escrita, de la imagen como arma. En esos años tuvimos la suerte de toparnos con Olga Dragnic.

Tuvimos la mejor maestra, en aquel seminario, explicando los peligros de la industria cultural. Esa en la que los periodistas somos instrumentos necesarios, casi imprescindibles. Cada vez que tratan de lisonjearnos recordamos a la profe Olga. Con aquel acento tan particular, mezcla de Chile, de su Yugoslavia natal y de Venezuela, la profe Olga nos alertó sobre la sutileza con la que la industria cultural puede comprar las conciencias.

El periodista no debe aceptar regalos de ningún tipo, ni siquiera la entrada de cortesía a un concierto, que lo pague la empresa periodística para la que trabaja, no el departamento de prensa del artista, nos decía, palabras más, palabras menos. Explicaba que después de aceptar ese “regalo” el periodista se podía ver obligado, aun sin quererlo, a hablar bien del evento que estaba cubriendo. ¡Cuánta verdad detrás de esas palabras!

La industria cultural, decía, está hecha para que todos entren en ella y sientan que son sus principales actores, cuando en realidad solo forman parte de un engranaje y que en cualquier momento pueden ser sustituidos sin que los echen de menos.
Más tarde, tratando de emularla sin éxito, usamos libros de su autoría La entrevista de personalidad (1993) y Diccionario de la comunicación social (2010) como parte de la bibliografía que recomendamos en las aulas de la Universidad Bolivariana de Venezuela. Ante cualquier duda con  el ejercicio del periodismo en estos años de revolución pensamos en ella para oír su palabra orientadora.

Olga es, sin duda, un referente ético que marcó nuestra vida profesional. Queremos recordarla con esa suavidad y esa calma de espíritu que nos contagiaba de optimismo y paz. Vaya hasta su familia, hasta sus amigas y amigos y hasta sus cientos de discípulos un abrazo fraterno en este particular adiós que ella quiso fuera su despedida. Sigamos.

@mercedesChacin
mechacin@gmail.com

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