Política

Una estrategia económica y ambiental para la reconstrucción

Por: Econ. Luis Oliveros

Las tragedias tienen una inercia pesada. Tras los sismos recientes que sacudieron nuestra geografía, la urgencia lógica nos empuja a mirar hacia el futuro y pensar en levantar lo caído. Sin embargo, hay un muro literal que se interpone entre el colapso y el mañana. Según estimaciones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), los temblores dejaron a su paso al menos 12 millones de toneladas de escombros. La pregunta que debemos hacernos como sociedad no es solo cómo quitarlos, sino a dónde los vamos a llevar.

Hay una máxima ineludible en la gestión de crisis: no se reconstruye lo que no se ha despejado, y despejar es lento. Ante esto, la tentación burocrática siempre es la misma: cargar los camiones y lanzar los desechos en el primer vertedero o barranco disponible. Hacer esto sería un error monumental. Arrojar los escombros en un botadero destruye el valor recuperable de sus componentes y consume terrenos de forma acelerada.

Las ruinas no son un desperdicio inerte; son un flujo continuo de materiales aprovechables. Entre el 60% y el 75% de esa masa es concreto y mampostería que, tras ser triturada, puede transformarse en agregado para nuevas vías de comunicación y rellenos estructurales. Otro 10% es acero y cabilla, un mercado de chatarra de alto valor comercial capaz de autofinanciar su propia recolección.

Esto no es «ambientalismo decorativo». Es pragmatismo financiero con un dividendo macroeconómico directo. Cada metro cúbico recuperado alivia las cuentas públicas y motoriza la inyección local. La remoción representa históricamente entre el 5% y el 10% del costo total de un desastre. Al convertir esta labor en una industria de reciclaje en origen, transformamos un gasto catastrófico en una fuente masiva de empleo directo para las comunidades afectadas.

La advertencia de la historia

Es importante destacar que lanzar estos materiales en quebradas o costas taponará los drenajes naturales. Estamos en una geografía con memoria; el suelo que pisamos es el mismo que sufrió el deslave de 1999. Si bloqueamos los cauces antes de las temporadas de lluvias, estaremos sembrando el escenario ideal para las próximas inundaciones y flujos de lodo. A esto se suma la crisis sanitaria invisible: el polvo indiscriminado libera sílice y asbesto al aire que respiramos.

El mundo ya nos ha dado las lecciones. Japón es el gran referente de la gestión ordenada y el aprovechamiento de recursos tras el desastre. En la otra acera, Turquía y Haití operan como advertencias globales de cómo el descontrol de los escombros genera crisis de salud pública y caos ambiental. Nos toca elegir qué espejo mirar. La reconstrucción nacional no empieza con el primer bloque que se pega, sino con el cuidado con el que procesamos el último que se cayó.

Articulos Relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to top button