La París que nunca será transmitida

LA PRESENTACIÓN DE LA ORQUESTA SINFÓNICA SIMÓN BOLÍVAR EN LA CIUDAD DEL AMOR, EN EL CIERRE DE LA GIRA EUROPEA, NOS LLEVÓ A FRANCIA. AHÍ, ENTRE ACORDES CLÁSICOS, UN FRÍO DEL CARAJO Y LOS CHOROS PARISINOS, DESCUBRIMOS QUE HAY QUE ANDAR MOSCA PUES HAY HAMPA RASPACUPOS
París, la capital del amor, la Ciudad de la Luz. Ver un rato cómo sus mujeres se visten, a pesar del frío despiadado que nos recibió, comprueba cuánto ha calado la diversidad en la gente, manifestada en sus atuendos diarios. A pesar de que predomina el negro en las chaquetas anticongelamiento, pudimos ver a las féminas desafiar el clima con abrigos de distintas texturas de telas y botas de todo tipo. Es una pasarela urbana que contrasta con la “desnudez” (vista en comparación, por supuesto) de cualquier “pasarela” caraqueña. Con tal de verse distintas, llamar la atención, brillar entre decenas de seres casi uniformados de pies a cabeza de negro, consumen todo tipo de ofertas textiles. Miles de hombres y mujeres caminan concentrados en tomar el subterráneo, concentrados en su camino, en su circunstancia. Los parisinos no se ven entre ellos, la prisa (¿el miedo?) y el afán por llegar a algún lugar le ganan a la calidez propia de los seres humanos.
París también es la capital del turismo. La arquitectura de sus edificaciones nos lleva a los cuentos que leímos en la infancia —sin “Panchito Mandefuá” en el horizonte—, pero también nos lleva a la modernidad, a las últimas tendencias, más rompedoras y cónsonas con nuestra época. En sus calles, además, vimos la más variada mezcla de nacionalidades, de razas. Gentes de todos los “colores”. También es una urbe gastronómica, como corresponde a una ciudad turística. En una sola cuadra puede encontrarse comida italiana, china, alemana, la basura gringa y las exquisiteces francesas, por supuesto. Los restaurantes son muy pequeños, la máxima utilización del espacio en cada rincón para comer. Mesas servidas perfectamente, con mucho colorido, con mucho cuidado, con mucho respeto por los clientes. La competencia obliga. Una cultura turística entrenada, aceitada. Una ciudad turística ordenada, con un Metro entrelazado por once líneas, con estaciones muy cercanas. París es la ciudad de la música, es la ciudad perfecta para el amor. Pero también es la ciudad de los choros. Más adelante se enterarán por qué. Adentrémonos en París, en su gente y en la música.

GIRA EUROPEA DE MÚSICA EUROPEA
Llegamos allí el día 22 de enero y regresamos a Caracas el 26 con la diferencia horaria a cuestas. El objetivo: reseñar los detalles del final de la gira europea de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar (OSSB), dirigida por Gustavo Dudamel. Esta gira empezó en Londres el 8 de enero de 2015 y ofreció 11 conciertos en total: dos en Londres (Inglaterra), dos en Bruselas (Bélgica), uno en Fráncfort (Alemania), tres en España (Madrid, Barcelona, Valencia) y dos en París (Francia).
Conocimos la Sala Philharmonie de París la tarde de 24 de enero de 2015, horas antes de comenzar el primer concierto de la OSSB, dirigida por Gustavo Dudamel, rutilante estrella de la música académica que ha conquistado al público de todos los países de la Unión Europea, de más allá y de más acá. Asistimos al ensayo de lo que fue el programa de esa noche: la Quinta Sinfonía de Beethoven y secciones de óperas famosas de Richard Wagner.
Dudamel apareció en la sala sonriente, fresco, pasadas la cuatro de la tarde. No lucía su acostumbrada melena larga. En un ambiente relajado, sin la tensión de un concierto, líder al fin, Gustavo Dudamel bromeó repetidamente con los músicos. Tarareando los sonidos de los instrumentos, trataba de hacerse entender por sus compañeros de orquesta sobre los énfasis que pretendía lograr. “Calma, no aceleren”, pedía a sus compañeros. “¡Vamos, con grandeza!”, les decía después de simular sonidos de instrumentos desafinados.
De vez en cuando preguntaba a su director asistente, Josua Dos Santos, qué le parecían ciertos acordes. Repentinamente interrumpió el ensayo (en el momento de las secciones de las óperas de Wagner) y observó la sala. Bajó y caminó hacia el centro del patio. “No se escuchan bien las trompetas”, “que se oigan más los violines”. Desde allí pidió escuchar, señalando hacia el primer balcón, la interpretación de un solo del corno francés. “Desde ahí no, es muy presente, se escucha muy fuerte”. El músico y su corno soplaron en tres lugares y finalmente decidió que el corno sonaría en la noche desde el primer piso, en un pasillo detrás de butacas que más tarde serían ocupadas por parisinos. El ensayo terminó a las 6:45 pm y el concierto estaba pautado para las 8:30 pm.
La Sala Philharmonie de París, comprobamos, no está del todo terminada. Las quejas del arquitecto Joan Nouvel, quien pidió al gobierno francés un par de semanas atrás permitir que su obra fuera inaugurada “con dignidad”, fueron entendidas cuando en el exterior de la Sala de Conciertos de París respiramos un aire con un fuerte olor a cemento fresco. Había obreros trabajando en el techo, detalles de “acabado” en alguna pared, un cable descubierto en el interior de la sala, falta de señalización para ir a los “toilettes”, la evidencia de grúas de construcción en las inmediaciones de la hermosa estructura; todo esto nos dio pistas de que la polémica que se desató entre los franceses era fundada.
Eso, no obstante, no nos impidió admirar la belleza y el vanguardismo de la propuesta de Nouvel. La “nubes acústicas” blancas y beige, que nos recordaron a nuestra querida Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, adornaban el techo. La madera y el color negro de las butacas contrastaban para hacer de la sala un lugar hermoso e impecable para nuestros inexpertos ojos. Tres pisos de balcones en 360 grados, que albergaron a 2.400 personas, sí estaban listos para recibirlos.

PRIMER FLASHBACK
El día 23 en la tarde nos encaminamos hacia el centro de París, por los lados del Teatro de la Ópera. Retiramos dinero en efectivo de un cajero, euros subsidiados y autorizados por el Gobierno Bolivariano de Venezuela. Luego entramos a un centro comercial y, de allí, a comer. Fue un recorrido que duró poco menos de una hora. Los franceses comen todo con papas fritas, las prefieren al arroz. Pero son papas fritas de verdad, no potajes de comida basura.
No es la única vez que nos vemos en una situación como esa. La primera vez fue en Buenos Aires, en 2008, en el famoso bulevar La Florida. En ese momento nos robaron dinero y pasaporte. La sensación de minusvalía que se siente cuando eres despojado de tu identidad en el extranjero es curiosa. Es una orfandad de identidad difícil de explicar.
Tras una larga conversa entre amigas venezolanas reunidas en París, llega el momento más ingrato en los comederos de cualquier continente: pagar la cuenta. Debemos comenzar diciendo que no nos alegra que en esa hermosa ciudad haya tanto choro. Buscamos varias veces en el monedero antes de decir con una tranquilidad que dejó intranquilas a las acompañantes: —Me robaron. —¡¡¡Quééééé!!!, ¡busca bien, busca bien! —Ya busqué, es definitivo, no hay nada de efectivo, ni está la tarjeta
—les aseguré, mientras llamábamos por teléfono para anular el plástico.
Para variar, el banco nos deja esperando, tiempo que seguramente fue suficiente para consumir alguno de los cuatro cargos hechos con tarjeta de crédito: uno de 145 euros, otro de 140, otro de 147 y uno de 18. Un raspado de cupo en París a beneficio de choros parisinos. El trabajo de filigrana en el restaurante consistió en devolver el monedero a la cartera de la que fue sustraído. Una operación limpia, hecha por profesionales de choreo, nos hizo pensar en lo que siempre pensamos: ¿cómo es que la inseguridad siempre es noticia en Venezuela y no en otros países? Misterios de la ciencia.
Fuimos a la comisaría de la Policía Francesa a hacer la debida denuncia. Un amable policía francés, que más bien parecía un actor de cine, un actor guapo, valga aclarar, nos recibió y escribió una pormenorizada descripción del evento, que le tomó dos horas. “Este es el décimo robo de hoy”, nos tradujo mi pana Zahie Anka. Nos pidió detalles de lo que nos dijeron en el banco, pues “andan tras una red de ladrones de carteras; ese método de devolver a los bolsos las carteras vacías tiene la finalidad de que la gente crea que tiene todo allí y a ellos les dé tiempo de ‘raspar’ los plásticos”. Choros inteligentes estos choros franceses. Y uno que cree que Caracas es la insegura.

BEETHOVEN Y WAGNER
El tata ta taaannnn conocidísimo de la Quinta Sinfonía de Beethoven retumbó en la sala. Fue el inicio de la primera presentación del final de la gira europea de la OSSB, el sábado 25 de enero. El concierto empezó puntual, no sin antes brindar un respetuoso aplauso a Dudamel y a la orquesta, compuesta por 171 personas, de las cuales solo 30 son mujeres.
La impecable interpretación de la OSSB de la obra que el alemán Ludwing van Beethoven escribió entre 1804 y 1808, tiene cuatro movimientos que comienzan con un Allegro con brio, al decir del programa en francés que recibimos esa noche; un andante con moto y dos allegro más que dejaron satisfechos a los franceses asistentes, quienes aplaudieron con entusiasmo al consentido de la noche: Gustavo Dudamel.
Luego de un pequeño intermedio, las muchachas y muchachos de la Simón Bolívar deleitaron al público con secciones de cuatro óperas que conforman El anillo del nibelungo del también músico alemán Richard Wagner, escritas entre 1848 y 1874, basadas en elementos de la mitología germana. Los extractos “El oro del Rin”, “La valquiria”, “Sigfrido” y “El ocaso de los dioses” confirmaron la admiración de los franceses por Gustavo Dudamel y la OSSB, a quienes aplaudieron por más de diez minutos que obligaron a un bis.

FLASHBACK DOS
El día 25 en la mañana, nuestra compañera de trabajo, Carolina Hidalgo, tuvo un encuentro cercano con el choreo parisino, lo que conforma un récord difícil de superar. En menos de dos días, dos venezolanas, periodistas, fueron víctimas del hampa en la Ciudad de la Luz, que no nos alumbró para ponernos las pilas suficientemente.
Cuando abordábamos el subterráneo para asistir al primer concierto, un hombre alto se atravesó en la entrada del vagón mientras otro sacaba el monedero de Hidalgo del bolso. Como a picao ’e culebra bejuco le para el pelo, Hidalgo voltea y ve a un hombre ya con su monedero en la mano. El grito de rigor y con una velocidad que quisiéramos tener, Carolina arranca su propiedad de las manos del intruso y recupera su monedero, no sin antes darle un empujón al ladrón, que discutía en francés con el cómplice. En Francia suelen culpar a los rumanos, a los gitanos y a los negros de la delincuencia. Estos parecían franceses, blancos y de cabello negro. El carterista empujado me recordó al futbolista Michel Platini.
Valga acotar que no nos alegra, de ninguna manera, comprobar que la inseguridad arropa a más de una capital del mundo (los diarios, redes sociales y cadenas de televisión se ocupan tanto de la inseguridad en Caracas, que uno se “confunde”), pero satisface comprobar que la guerra de la información tiene en Venezuela un ejemplo digno de estudio. ¿Alguna vez le han dicho que tenga cuidado con los choros en París? Pues tenga cuidado, vaya mosca, que hay choros burda.
ORBÓN Y MALHER
El concierto final de la gira de la OSSB a Europa incluyó Tres versiones sinfónicas del músico cubano Julian Orbón y la Quinta Sinfonía del austriaco Gustav Malher.
La obra de Orbón, mucho más contemporánea, creada en 1953, incorpora como protagonista al xilófono y fue estrenada en 1954 en Caracas, bajo la dirección de Juan José Castro. Clarinetes, trombones, percusión y trompetas inundaron la Philharmonie de París la noche final de la gira, noche en la que Dudamel fue recibido con un caluroso aplauso, a diferencia del día anterior, antes de iniciarse la presentación.
Tres versiones sinfónicas de Orbón incorpora sonidos que nos permitieron percibir el espíritu afrocaribeño, que es lo que nos hacen saltar el corazón con fuerza.
La segunda parte complació al oído académico parisino con la Quinta Sinfonía de Gustav Malher, estrenada por él mismo en 1904. Los cinco movimientos de esta sinfonía se oyeron por 70 minutos, cerrando con un Finale allegro que hizo parar a los franceses y obligó a un bis, esta vez del “Alma Llanera” del venezolano Pedro Elías Gutiérrez. Una bandera de Venezuela ondeó en el primer balcón de la Sala Philharmonie de París para confirmar, una vez más, lo lejos que ha llegado el éxito de Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles en el planeta.



