Opinión

Wakapa, los jibi y el triunfo en la guerra del hambre

Los jibi conforman uno de los pueblos originarios que habitan la frontera colombo-venezolana; este pueblo es más conocido en el habla criolla como guajibo

Más abajo diremos algo sobre el asqueroso verbo "guajibiar", para quienes no lo conozcan o no lo recuerden. Y hablaremos también de las cosas que andan haciendo unos hijos de este pueblo sobreviviente de matanzas para ganar el round que les corresponde en la guerra hambreadora contra Venezuela.

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Los jibi cuentan en su rica cosmogonía con unas cuantas deidades, entre ellas Yamaju, patriarca fabricante de la furia de los truenos y relámpagos. Por lo tanto, las divinas e intimidantes faenas propias de su ocupación guardan relación directa con las aguas: relampaguea y truena cuando llueve. Estas líneas tuvieron su origen en un reciente encuentro con algo que ocurre en y con las abundantes, torrentosas y productivas aguas del sur de Venezuela, así que me van a perdonar el jurungamiento de un par de mitos ancestrales y otros tantos datos históricos antes de ir al grano. Porque ese grano no germinaría sin el auspicio de dos o tres fenómenos que están ocurriendo en las inmediaciones del coloso Orinoco.

Existe un caserío llamado Puente Parhueña, a medio camino entre Puerto Páez y Puerto Ayacucho. Se trata de una comunidad de reciente conformación; no manejo el dato preciso, pero la memoria de amigos jibi, fundadores e hijos de fundadores, registra el poblamiento inicial de esta antigua finca en algún momento cercano a los años 50 del siglo 20. Sus primeros habitantes fueron en su mayoría personas del pueblo guajibo desplazadas por las muchas guerras y masacres ocurridas en los colombianos territorios del Vichada, el Meta y Casanare. Esa comunidad del Amazonas venezolano es entonces producto y consecuencia de un cruel éxodo colombiano: el de guajibos o jibis que huían de las guajibiadas. "Guajibiar" significa "cazar guajibos", y las guajibiadas eran sencillamente prácticas etnocidas y genocidas muy comunes, consistentes en liquidar indígenas a plomo y a machete, unas veces con el fin de despojarlos a la fuerza de sus tierras de origen y otras por pura diversión.

En 1971, durante el juicio seguido a los asesinos de 16 indígenas (masacre de La Rubiera, 1967), cuando por fin las autoridades colombianas se decidieron a capturar a este tipo de criminales, uno de los acusados soltó una declaración insólita para defenderse de las acusaciones de asesinato múltiple. Esa frase simple le dio la vuelta al mundo y se convirtió en el título del reportaje que al respecto escribiera Daniel Samper: "Yo no sabía que era malo matar indios". Gracias al cinismo, la ignorancia, la enfermedad mental o espiritual o el coñoemadrismo de ese asesino, mucha gente se enteró de algo que probablemente todavía no le suena mucho en cada "festividad" del 12 de octubre: mucha gente no sabe que matar indios es malo y por eso insiste en devolverle a la fecha el nombre "día de la raza" que le da legitimidad histórica a las guajibiadas.

¿Historia antigua? De ninguna manera. La locura guerrerista sigue asesinando indígenas de todos los pueblos ancestrales, como también pueblos criollos y de todas las procedencias.

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Aquel dios Yamaju, padre de los truenos y las centellas, lleva consigo un arma contundente llamada Wakapa. Y Wakapa se llama un lugar de Amazonas, en pleno Parhueña, adonde hace unos seis años ocurrió la siguiente revelación. Sucede que existe otra deidad jibi llamada Munueno; este es el padre vigilante y protector de los peces. Afirma la oralidad jibi que se trata de un viejo flaco, de cabellos blancos y barba blanca, que camina dentro del agua ayudado por dos troncos y que tiene los ojos en las rodillas. La revelación fue la llegada súbita a Parhueña de un sujeto llamado Walter Lanz. Nadie ha verificado si este camarada tiene ojos en las rodillas, pero apenas llegó a los predios de la familia Yuave todo el mundo coincidió en que este tipo era igualito al Munueno de la mitología guajibo. Y el resto de la sorpresa sobrevino cuando el hombre de barba blanca empezó a envolverlos con el cuento de la Escuela Popular de Piscicultura y con la posibilidad de que en aquellos arenales amazónicos pudieran criarse cachamas y además sembrarse frutas, verduras, legumbres y maíces para el consumo humano.

Va una breve explicación del chiste, o de una de las tantas patas del chiste. Va fragmentaria o por entregas para su mejor digestión y asimilación:

Parhueña queda a media hora del río Orinoco, en carro.

La expresión "Criar pescados cerca del Orinoco" equivale a "Llevar chivos para Coro", o a "Vender neveras en el Polo Norte".

También equivale a "Acostumbrar a la gente de las ciudades a sembrar en el patio de la casa y a administrar gallineros verticales cuando el petróleo está a 100 dólares el barril y sobra la comida en los abastos y supermercados".

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Les contaba por allá arriba que hace unos días estuve en Parhueña. De allí me llevaron a realizar una actividad de esas que uno no sabe cómo agradecerle a la vida, sobre todo cuando es venezolano: fuimos con Jessica a pescar en el río Orinoco, acompañados por gente de las localidades de Parhueña y Mare Mare (estado Bolívar). En un bongo a motor volamos media hora hasta llegar al pie de una de esas rocas prehistóricas del tamaño del Poliedro de Caracas. Allí nos ocurrió algo que a otra gente tal vez la hubiera deprimido: a causa del precario equipo que llevábamos (un anzuelo muy grande en un náilon muy delgado), la poca destreza, la intervención de Munueno el vigilante y la dentadura de los caribes, a los pocos minutos nos quedamos sin implementos de pesca. Munueno sabe que el ser humano se alimenta de pescados, pero su misión es evitar que vengan los consumistas y acumuladores a sacar más peces de los que necesitan.

Pero faltaba la parte gruesa del privilegio: quedar rodeados de niños jibi y criollos, de 8 a 14 años de edad, y ser testigos de la forma fresca y agradable en que esos pequeños sacaban, uno por uno, pescados de unas seis variedades, algunos más grandes que otros. Paréntesis: uno de los muchachitos llevaba una atarraya y de vez en cuando la lanzaba. Sacaba en cada lanzamiento media docena de pescaditos pequeños, pero estos no eran la pesca propiamente dicha: eran la carnada para armar el anzuelo y sacar los peces grandes o medianos. Así jugandito, riéndose de y con los caraqueños torpes que no pescamos un coño, fueron sacando bagres paletos y torunos, payaras, caribes, bocones. Una hora y pico de juegos y maniobras bastaron para que regresáramos a la ranchería fluvial. Y después de la faena el indescriptible trámite de desguazar y comerse esos peces con las manos, colectivamente. Nos terminamos hartando de payara, bocón y sapoara. No nos comimos ni vimos una sola "suapara", y parece que eso es más o menos normal.

Vamos a decirlo feo para que (otra vez) se entienda la parte semioculta de este otro chiste: aquellos niños indígenas consiguieron, en una hora y piquito de diversión y jodedera, lo que en las ciudades nos está costando horas y a veces días de cola, arrechera, frustración, enfermedades nerviosas, cardiovasculares; violencia física y sicológica: conseguir unos kilos de proteína animal para nuestra casa y nuestra gente.

"Es que en este momento hay ribazón en el Orinoco", nos explicaron Rubén y Mayra, "y por ahí viene otra: en dos semanas llega por aquí una marea de peces que viene por Caicara".

La ribazón no es un fenómeno permanente, pero siempre habrá peces en el Orinoco y en los grandes ríos. Siempre.

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En Puerto Ayacucho había en esos días una Feria del Pescado. La oferta: siete kilos de bocón en 2 mil bolívares. Era 19 de julio; en la mayoría de las ciudades el pescado de río costaba entonces de mil 800 a 2 mil bolívares el kilo.

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Munueno tal vez ignora un detalle: a pesar de esta fiesta del pescado, que revela que hay suficiente oferta con qué cubrir las necesidades regionales y seguramente nacionales, buena parte de lo que sacan en nuestros grandes ríos llaneros se lo llevan a Colombia, donde todo se compra y se vende a precios 50 o más veces más altos que de este lado del río y de la frontera.

Días después oíamos la transmisión en cadena en la que Lorena Fréitez, en su carácter de ministra para la Agricultura Urbana, explicaba al país el punto de partida más simple de la política gubernamental de producción de proteína animal: se calcula la necesidad de proteína por persona y ese índice se multiplica por la cantidad de personas que integran una comunidad. Luego, se determina cuánto cerdo, pollo o pescado necesita esa comunidad. La lógica lleva al resto: si necesito 2 mil kilos de productos cárnicos y termino produciendo 4 mil, una vez satisfechas las necesidades de la comunidad procedo a distribuir el resto entre las comunidades que no lograron su "cuota de producción" (terminología nefasta que a veces usamos los ignorantes en la materia por no conocer un término más adecuado).

Veamos en qué queda esa fórmula cuando la aplicamos a una comunidad como Mare Mare, a orillas del Orinoco: por mucho que pesque y coma esa comunidad fluvial es incalculable el excedente de peces que queda. Pero no debe olvidarse el dato crucial: esa comunidad no produjo ni crió ni propició todas esas toneladas de pescado (como los citadinos tampoco hemos hecho nada para producir todo el petróleo que nos regaló el subsuelo), tan sólo se limitó a recolectarlas. Subrayada la palabra "producción", quedamos en que la fórmula y el análisis de Agricultura Urbana son correctos. Ya podemos entonces regresar a Parhueña, a Wakapa y a la Escuela Popular de Piscicultura.

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En Parhueña, luego de la llegada de Walter y la activación de las hermanas Mayra y Alejandra Yuave, su madre María; Rubén Montoya y otros familiares y vecinos, comenzaron a ocurrir cosas extrañas, como por ejemplo que allí se crió y se cría pescado contraviniendo algunos parámetros de técnicos, académicos y "expertos en la materia". Por ejemplo: como alguien les dijo que no podían hacer unas lagunas para criar peces sin antes solicitar permisos y estudios de suelo ante el extinto Ministerio del Ambiente y otras instituciones, fueron y los solicitaron. Como los señores se tardaban en aparecer decidieron ir construyendo sin permiso esas malditas lagunas, sin tener conocimientos de ingeniería, hidráulica y otras disciplinas.

Tras unos intentos fallidos lograron que uno de esos huecos se llenaran de agua sin filtrar ni perder líquido, y metieron allí los primeros alevines (peces "en edad infantil", de menos de 4 centímetros). Munueno (Walter) fue en 2012 con varios muchachos del Instituto Agroecológico Latinoanericano (IALA), campesinos de varios países integrados a un experimento educativo venezolano, y entre todos hicieron artesanalmente un tanque con capacidad para 60 mil litros. Entusiasmados con un cuento que les echó un iraní, fabricaron encima de ese tanque una especie de corral donde metieron patos y gallinas; las excretas y los alimentos que desechaban esas aves iban a caer en el tanque y lo fertilizaban, con lo cual había alimentos para las cachamas que metieron en el tanque.

En la parte baja del tanque había un tubo, grifo o mecanismo de desagüe al que le conectaron una manguera; a esa manguera le abrieron un montón de huequitos (cosa contraindicada por los expertos) y el agua "sucia" (fertilizada) iba a parar a un arenal presuntamente estéril y bueno para nada, en el que gracias a esa agua jedionda a pescado crece un frutal magnífico que les da comida a patos, gallinas, peces y personas. Así, sin un solo gramo de alimento concentrado comercial para peces (cosa que es obligatoria, dicen los técnicos) fueron creciendo las primeras cachamas.

Otro mito de los expertos: para que la experiencia se considere rentable es preciso que las cachamas alcancen, en determinado período de tiempo, un peso cercano o superior a los 2 kilos. Pero al año de estar alimentando a los peces se activó la lógica jibi de María, la mamá de Mayra y Alejandra, y lanzó el siguiente decreto: "Si caben en un plato ya están buenas para comer". Lloró la señora María, porque hay gente que les agarra cariño a las cachamas (Munueno hace también un trabajo en las emociones jibi), pero igual se las comieron, las compartieron y hasta vendieron. Y todavía los técnicos, expertos y académicos no han convencido a nadie en Parhueña de que eso de criar cachamas sólo es bueno si da determinadas ganancias en bolívares.

Andando ya la experiencia y construidas tres lagunas, llegó una carta a manos de los muchachos Montoya y Yuave; era el resultado de aquel estudio de suelo necesario para proceder a cavar. El informe decía: "Luego de los análisis correspondientes se ha determinado que el suelo recogido en el área es NO APTO para la construcción de lagunas productivas".

La carcajada se escuchó desde el Orinoco hasta la Piedra del Cocuy, llegando a Brasil.

Ciertos "expertos en la materia", de carne, hueso y papeles, viven en un mundo fantástico por demasiado "serio" e irrealizable, mientras este "Wakapa", donde Munueno y Yamaju han apadrinado toda una experiencia desde su ser mítico, ya cuenta con restaurant anexo al criadero. Sus impulsores andan además propagando el concepto Escuela Popular por el municipio Atures. Mayra Yuave llegó el 27 de mayo de 2016 a la comunidad Kuweï (otra deidad jibi), a pocos kilómetros del Tobogán de la Selva (parroquia Platanillal) con 11 alevines de cachama de unos 4 centímetros. Se los entregó a Javier Sánchez, otro caballero del pueblo guajibo sin ninguna experticia o experiencia en cría de peces ni en fabricación de lagunas. Con unos picos y palas, la ayuda de dos familiares y el entusiasmo propio de los sobrevivientes de masacres seculares, abrió un hueco de 10×3 metros y 1 de profundidad. Las profusas lluvias de estos meses llenaron de agua el vil hueco y este se convirtió en laguna.

Javier se dedicó a alimentar a sus 11 peces (sí, 11 peces apenas, a pocos kilómetros de varios ríos plagados de payaras, palometas, bagres y bocones: un carajo sembrando en la Venezuela del petróleo caro que todo lo compra) con lo que hubiera a la mano: mañoco, semillas rayadas de guama, restos de arroz, sapitos pequeños, maíz jojoto, lombrices, insectos varios. El 20 de julio aquellos alevines entregados a Javier ya estaban "del tamaño de mi mano". Perdonen esa expresión tan poco profesional o científica. Esas cosas pasan.

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Es imposible llegar a Wakapa, conversar con la buena gente que lo ha hecho posible y evitar juntar historia, mitos, sensaciones y noticias en un solo mezclote de textos a retazos. Con esta especie de crónica que acabamos de terminar ocurre lo mismo que nos pasó cuando Rubén Montoya nos pidió que le explicáramos cómo era eso de que había gente pasando hambre en Venezuela. El mollejón de enredo en que se nos convirtió la lengua no nos dejó completarle la idea: sí hay gente pasando hambre porque no todo el mundo tiene un Orinoco al lado, y porque el sistema nos acostumbró a que la comida no es comida si no viene envasada, enlatada, embotellada, refinada, pasteurizada y con un precio marcado en un papelito. Los propios camaradas jibi nos lo confirmaron después: hay comunidades indígenas reclamando, en plena selva y en pleno río, su bolsa con azúcar, arroz, pasta y sardina en lata. Jessica Dos Santos, justo antes de la zambullida en Wakapa, el Orinoco y la generosidad jibi, le había metido la lupa a la bochornosa trampa llamada "canasta básica alimentaria"; recomendamos su lectura en 15yultimo.

Esa tarde comimos bachaco culón asado. Una exquisitez que los jibi obtienen en un ceremonial donde terminan lacerados por los bachacos soldado; la que se come es la reina.

No importa que, cientos o miles de años después de iniciada esta práctica por nuestros pueblos originarios, la FAO haya recomendado el consumo de insectos como fuente de proteínas. Siempre habrá algún comemierda que se detenga en este punto y diga: "Ahí está: los chavistas están mandando a la gente a comer hormigas y gusanos". La estupidez también es gratis.

/N.A

 

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