Opinión

Guerra en las busetas caraqueñas

Las tinieblas y la luz, el pesimismo y el optimismo, la dialéctica convertida en poesía urbana y en 15 músculos masajeando rostros curtidos por la guerra económica

Lo que al principio, meses atrás, fueron simples escaramuzas, ya pasaron a disparos a mansalva y un grueso tableteo de ametralladora ideológica. A medida que avanza el recrudecimiento de la batalla política, surgen nuevos actores y atacan sin piedad para generar víctimas colaterales en los transportes colectivos que transitan por Caracas.

En las primeras experiencias, simplemente los vendedores de chucherías comenzaron a introducir en arsenal discursivo frases como: en una situación “como la que estamos viviendo”, “porque es que esta crisis”, o la mejor de todas “prefiero esto a asaltarlos…” Las dos primeras para congraciarse con el público cautivo y lograr la identificación necesaria para sacarle el dinerito. La tercera para lograr el mismo objetivo, pero por la vía del amedrentamiento y el miedo.

Hasta ahí la situación fluía normal: gente aprovechando el malestar o la angustia para ganarse el día y enriquecer a unas empresas de detallistas que normalmente están detrás de los vendedores ambulantes.

Pero ahora la cosa pasó a mayores: en una ruta larga, Silencio-El Cafetal, se suben dos muchachos altamente contrastantes: uno blanco, musculoso, tatuado y con un par de piercings; cabello brillante, piel bien cuidada, zapatos, camisa y pantalones de marca. El otro, morenito oscuro, rostro marcado por el acné, piel marchita, ropa trajinada. Y comienza el show.

El blanquito inicia el discurso: “Somos una sola Venezuela. Todos juntos, ¡Somos una sola Venezuela!” y empieza a generar del sonido propio del rap, boca-mano. Y el compañero inicia el estribillo. “Estamos en condiciones de miseria y hambre. El hampa está desbordada. Hacemos colas y no compramos nada. Esto es odio y desesperanza. Pero somos una sola Venezuela. Griten todos ¡Somos una sola Venezuela! Esto es un gobierno de corruptos, miseria, hambre y desolación, todos tenemos miedo pero somos una sola Venezuela y esto lo tenemos que acabar”. Y la gente con las palmas, impulsada por el sonidista, coreaba !Somos una sola Venezuela!

Así continuó el espectáculo casi hasta llegar a la primera parada, en el CCCT. Allí los raperos se bajaron sin preocuparse mucho por si alguien manifestaba su apoyo al arte con algún. Evidentemente su objetivo no eran los reales.

Dos días más tarde, en un metrobús, se subieron otros dos personajes muy distintos. Ellos se denominaron terapistas de la Yoda de la risa. Una organización a la que había visto presentarse por televisión, y ahora, durante el recorrido pusieron a la gente a sonreír, a carcajear, a soltar las aprehensiones y a sacudir el cuerpo. El discurso político estaba soterrado. Nunca salió a flote, pero estaba allí: “Hay que tomar la vida con humor, con alegría”. Esta vez en lugar de balas discursivas se entregaban flores y mariposas de colores. Una especie de antídoto.

Ambos equipos milicianos de la guerrilla comunicacional. Enfrentados ahora desde los transportes donde viajan miles de personas cansadas, agobiadas, muchas malhumoradas, la mayoría presa fácil para perecer ante el espectáculo gratuito.

Las tinieblas y la luz, el pesimismo y el optimismo, la dialéctica convertida en poesía urbana y en 15 músculos masajeando rostros curtidos por la guerra económica.

Ciertamente, la guerra ha alcanzado las busetas caraqueñas. Lo importante es no subirse a ellas desprevenidos. Al igual que necesitamos estar claros cuando nos sentamos frente a la pantalla del televisor o escuchamos los argumentos en radio, ahora nos toca reflexionar sobre los juglares del miedo y los vacunadores del optimismo. El fuego está abierto, tratemos de no sucumbir.

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