Opinión

¿Es la humanidad toda la que está cavando su propia tumba por el daño ecológico?

Claro que, comparativamente, la postura de Guterres es mucho más razonable que la de los negacionistas

Dice António Guterres que la humanidad está cavando su propia tumba con las agresiones a gran escala al ambiente que derivan en el cambio climático. Es encomiable que el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas hable de esto, pues se entiende que ayuda a generar conciencia mundial. Pero, de entrada, esa generalización de la culpa perjudica más de lo que favorece.

Claro que, comparativamente, la postura de Guterres es mucho más razonable que la de los negacionistas y también más útil que la de los grandes capos del sistema hegemónico del que la ONU es subsidiaria. Sin embargo, no deja de ser muy manipuladora e hipócrita.

Cuando se afirma así, desde esa posición de autoridad, que es “la humanidad” la que está cavando su tumba, se distribuye la responsabilidad del ecocidio global (y del genocidio que este conlleva) a partes iguales entre los dueños de la economía depredadora y una inmensa mayoría de seres humanos que nada pueden hacer en contra de la voluntad de esos poderosos. 

La desfachatez y la simulación han campeado en la Conferencia de las Partes número 26, (denominada COP-26) en la que participan las 197 naciones que han suscrito la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 1992.   

Las reseñas de las primeras incidencias de esta cumbre, celebrada en Glasgow, Escocia, han subrayado las incoherencias de los gobiernos allí representados. El que Joe Biden se haya presentado en una caravana de 85 vehículos a una reunión en la que se iba a hablar de uso racional de la energía, cambio en los patrones de movilidad y reducción de las emisiones de C02 fue uno de estos hechos casi jocosos, una anécdota, un chiste que se cuenta solo, como suele decirse. Pero la ironía de fondo, la que realmente importa -que más que ironía resulta ser cinismo altamente concentrado- es que los gobiernos que han destruido el planeta, y que se disponen a seguir destruyéndolo, organicen esos magnos eventos diplomáticos y mediáticos para pintarse de verde, ponerse etiquetas de producto light y prometer que, esta vez sí, van a adoptar políticas de desarrollo sustentable.

El capitalismo se reinventa como “verde” 

En Glasgow están quedando plasmadas las estrategias que han de seguir las naciones más contaminantes y sus corporaciones (es decir, el capitalismo hegemónico global en su esencia) en los próximos años respecto a este tema. No son, lamentablemente, estrategias para reducir la polución y otros daños ambientales, sino para relanzar propagandísticamente al mortífero sistema.

Una de las políticas que van a aplicar es la misma que ya han comenzado a desarrollar: una suerte de reingeniería de imagen del capitalismo voraz, para venderlo como consciente y amante de las energías renovables y alternativas 

Se trata de poner en marcha campañas de publicidad y mercadeo multimillonarias y de gran calado para autoasignarse ecoetiquetas destinadas a entronizar la idea de que solo los productos de las marcas “prestigiosas” (las elaboradas por empresas que tienen sede en los países del norte, aunque sus productos se manufacturen en el sur, en condiciones de semiesclavitud) son amigables con el medio ambiente y merecen ser consumidas.

Esto, aparte de ser, en general, una enorme mentira, es un modo de hacer competencia desleal con los países que están desplazando a esas grandes marcas en el mercado internacional. Los productos de otros orígenes podrán ser pechados con nuevos impuestos y aranceles supuestamente ecológicos. 

Otra rama de la estratega es continuar colonizando y secuestrando las organizaciones no gubernamentales y los liderazgos individuales del área ambiental. Así podrán ofrecer fachadas de supuestas luchas por los derechos ecológicos de las actuales y futuras generaciones mientras siguen adelantando prácticas ecocidas.

Ambos componentes son deplorables, pero hay uno peor, más escalofriante. Se trata de culpar a las grandes masas de desposeídos que hay en el mundo por los daños ambientales y así crear el escenario apropiado para que germinen las propuestas de eugenesia racial y social, es decir, legitimar la vieja idea malthusiana de que se debe frenar el crecimiento de la población de ciertos países y, sobre todo, de los sectores empobrecidos, de modo que las clases medias y los dueños del planeta vivan más seguros y dichosos.

Es en este punto donde se hace más peligrosa la posición aparentemente equilibrada de Guterres, pues funciona como un recurso más para difuminar la culpa. Cuando el vocero principal de la ONU dice que todos estamos cavando nuestra propia tumba está relativizando el peso que en el deterioro del ambiente tiene el sistema capitalista dominante, con su voracidad insaciable y enferma de recursos y de consumo. Y cuando se habla del sistema capitalista dominante no se hace referencia a una abstracción, sino a unas élites concretas, formadas por personas específicas que usufructúan la mayor parte de la riqueza mundial.

El enfoque de Guterres es, por decir lo menos, muy cómodo para los poderosos, pues le da la misma partecita de culpa por el desastre climático al dueño de una corporación que explota carbón o petróleo de lutitas mediante la devastadora técnica del fracking y a un ama de casa que usa demasiado la cocina y, supuestamente, contribuye así con su irracional conducta al aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero. 

Si se hiciera un reparto proporcional de las responsabilidades de la crisis ecológica global, esta sería un espejo de la de la distribución de la riqueza mundial. Es obvio que a la élite planetaria (cuando mucho 10% de la población total, si se incluye a las tecnocracias asalariadas de alto nivel) le correspondería tal vez el 90% o 95% de la culpa, mientras al 90% de los terrícolas no se les podría endilgar más de 10% o 5%, principalmente por no rebelarse contra el orden establecido.

De hecho, el mismo modelo que condena a la pobreza más ruin a miles de millones de seres humanos es el que causa el acelerado proceso de destrucción de nuestra única nave espacial, como suele decir Walter Martínez. La estrategia que se vislumbra es que, además de mantenerlos sumidos en la miseria y el hambre, puedan ser los chivos expiatorios de la catástrofe ecológica porque son muchas personas y no tienen los adecuados hábitos de higiene o de producción agropecuaria. Una infamia por partida doble.

Hipocresías menores

Como suele ocurrir, en el contexto de la reunión COP26, aparte de las grandes hipocresías surgieron algunas menores. Una de ellas se expresa en la declaración de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet. Ella sí puso el dedo en la llaga de un sistema corporatocrático que depreda el medio ambiente sin piedad ni reparo alguno. Dijo que ya era hora de dejar a un lado los discursos vacíos y las promesas rotas. «Necesitamos que se aprueben leyes, se pongan en marcha programas y se destinen inversiones sin demora, pues solo la acción urgente puede mitigar o evitar desastres con un enorme y letal impacto en nosotros, nuestros hijos y nuestros nietos».

Esta señal alentadora fue, sin embargo, objeto de cuestionamientos concretos por parte de los chilenos que tuvieron a Bachelet como presidenta en dos períodos y dicen que no fue ella precisamente una defensora de los derechos ecológicos, sino por el contrario, de los intereses de las transnacionales de la depredación ambiental, por lo que no goza de gran autoridad moral para regañar a los actuales mandatarios del mundo.

Otra terrible demostración de descaro (vinculada por cierto a Bachelet y su actual función) fue la presencia del presidente colombiano, Iván Duque, quien se pavoneó en la cumbre, posando como un jefe de Estado “verde”, mientras su país encabeza las estadísticas mundiales de asesinatos de líderes ecologistas, con 65 víctimas solo en 2020.

Reflexión dominguera

La “casa” mediática pierde y se ríe. En el tratamiento del caso de Álex Saab, la maquinaria mediática al servicio del capitalismo hegemónico ha demostrado todas sus “cualidades”, esas que la hacen parecerse a veces a un cartel mafioso y otras veces a un casino, en especial por aquel lema de “la casa pierde y se ríe”.

Así vimos como dicha maquinaria prácticamente sostuvo todo el tinglado judicial en contra del representante diplomático del Gobierno venezolano ilegalmente detenido en Cabo Verde e irregularmente llevado a Estados Unidos. Los medios y periodistas involucrados directamente en esta suerte de linchamiento contra Saab aseguraron que los principales cargos en su contra eran los referidos al supuesto lavado de dinero. Lo sostuvieron muy a pesar de que hasta Suiza (el país que sí sabe de lavado de dinero porque es su principal “industria”) declaró carecer de pruebas al respecto.

Saab fue llevado a EE.UU. con esos cargos como argumento, pero apenas en el segundo episodio de la telenovela judicial montada en Miami le retiraron siete de los ocho delitos imputados y solo se mantuvo firme el de conspiración para lavar dinero, que es algo así como que se reunió con unos tipos y hablaron de un plan para cometer tal delito, sin importar si lo hicieron o no.

Este giro de la truculenta trama dejó a los medios y periodistas acusadores (algunos de ellos auténticamente obsesionados con Saab) “con una mano alante y otra atrás”, dicho coloquialmente. Pero como la casa mediática pierde y se ríe, salieron de inmediato a decir que ellos sabían que eso iba a ocurrir porque sus fuentes les habían explicado que la Fiscalía de EE.UU. se había comprometido con Cabo Verde a retirar tales cargos, ya que podrían acarrearle a Saab una pena mayor que la máxima establecida en la legislación del país africano.

Bueno, supongamos que es verdad que esa fue la razón y supongamos también que estos comunicadores avezados lo sabían. Entonces, la gran pregunta sería ¿por qué no lo informaron antes de que ocurriera, tratándose de un hecho noticioso tan sustancial? ¿Por qué ni siquiera lo dejaron colar como uno de sus típicos rumores de gente bien informada? ¿Por qué recalcaron siempre que todos los cargos eran de una solidez absoluta?

Una conjetura sensata es que no lo comunicaron a sus audiencias para no perturbar la “extradición”, que -dicho sea de paso- con detalles como este del supuesto arreglo entre Cabo Verde y EE.UU. cada día se parece más a un secuestro. En tal caso habría que concluir que la parcialidad de estos medios y periodistas es tan descarada que los lleva al extremo de abstenerse de publicar una información crucial de manera oportuna, algo que contradice el deber ser del reportero. 

Aquí, entre nos: es rarísimo que se hayan aguantado las ganas de difundir el revelador dato, sobre todo porque estamos hablando de un tipo de periodista que publica cualquier cosa, incluso las más disparatadas, por un afán de aparecer como gente que maneja información privilegiada y por la recompensa narcisista de ser tendencia en Twitter. Demasiado raro.

En fin, que la hipótesis más creíble es que las figuras del aparato comunicacional fueron, en realidad, sorprendidas por el rápido descarte de siete de los cargos (los más contundentes) y, ante la vergüenza que les dio, no tuvieron más remedio que hacerse pasar por jurisperitos del derecho gringo. Además, les urgía ofrecer algo de aliento a sus seguidores, esos mismos que, confiados en los “reportajes” que habían consumido durante varios años, juraban que todos los delitos imputados a Saab estaban ya más que probados.

En todo caso, un consejo apropiado para los periodistas-acusadores sería que si tienen algún otro dato de este calibre guardado por ahí, más vale que lo divulguen a tiempo. Miren que las exclusivas (tubazos, les decían en otro tiempo) que no se desembuchan causan indigestión. O, como solía afirmar un amigo de la ultravieja guardia periodística: tubo que se guarda, se oxida.

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