Opinión

Narcopolíticos colombianos: Como el padre borracho que acusa al hijo de beber

Es difícil encontrar ejemplos más infames y depravados de esta situación que los que proporciona Colombia, especialmente en su relación con Venezuela. Solo para hacer un poco de catarsis dominical, mencionemos algunos puntos

A todos nos disgusta que alguien sin autoridad moral salte a acusarnos, a regañarnos o a darnos consejos. Por ejemplo, si mi papá es un borracho empedernido y pendenciero, que no venga a acusarme de beber. Tan sencillo como eso.

Una situación así indigna incluso si el hijo acusado, efectivamente, ha estado tomando licor. Pero hay situaciones aún más desgraciadas y molestas, como que el papá borracho acuse al hijo, que solo toma de vez en cuando o es abstemio. Da más rabia.

Más allá de la cotidianidad personal, ese mismo criterio se aplica en las relaciones internacionales. Las élites que gobiernan los países poderosos pretenden imponer normas que ellas mismas pisotean, y dictar cátedra en asignaturas que hace muchos años llevan de arrastre, como se dice en el argot de la Educación Media.

El paradigma de esto siempre es Estados Unidos, que se erige en autoridad en una cantidad de campos en los que su propia gestión da vergüenza, como drogas, derechos humanos, corrupción, libertad de comercio y transparencia electoral. Pero hoy no vamos a enfocarnos en la casa matriz EEUU, sino en su franquicia suramericana, nuestra vecina Colombia.

Es difícil encontrar ejemplos más infames y depravados de esta situación que los que proporciona Colombia, especialmente en su relación con Venezuela. Solo para hacer un poco de catarsis dominical, mencionemos algunos puntos.

El país que siembra y cosecha la mayor cantidad de materia prima de esta droga, y que procesa y distribuye 80% de la cocaína mundial, se atreve a decir que la nación vecina es una amenaza para la seguridad regional por sus vínculos con el narcotráfico.  

Una élite política totalmente dominada por los capos de la droga, señala al país de al lado como un narcorrégimen.

Un país en el que todos los días hay masacres horrendas o asesinatos de líderes sociales, pide al mundo atender la crisis de derechos humanos de su vecino.

Una nación en la que mueren niños y niñas por desnutrición y enfermedades de la pobreza, se rasga las vestiduras organizando ayudas humanitarias para, supuestamente, mitigar el hambre de los de al lado.

Un presidente que llegó al cargo comprando votos, con dinero de sus amigotes narcotraficantes, pide elecciones transparentes en el país de al lado.

Una clase política que ha autorizado la instalación de bases militares estadounidenses y el ingreso de tropas con inmunidad de jurisdicción (licencia para matar y violar niñas, entre otros delitos) se horroriza porque, según unos datos “de inteligencia”, el vecino piensa comprar armamento  y no va a hacerlo a la industria armamentística de los países decentes, sino a naciones muy feas.

Un país con récord mundial de desplazados internos y con seis millones de connacionales radicados en su país vecino desde hace décadas, llora, se victimiza y pide ayuda internacional cuando en ese país se genera un éxodo de unos cientos de miles hacia su territorio. (Por cierto, recibe la ayuda e igual trata a los migrantes como si fueran subhumanos).

Un país que enfrenta una grave crisis sanitaria, convertido en uno de los focos del Covid-19 a escala mundial, alerta sobre la amenaza que es el país vecino, respecto a la pandemia, a pesar de que tiene cifras ostensiblemente inferiores de contagios y muertes.

¿Cómo opera este contrasentido?

Un cúmulo tan burdo de hipocresías no debería sostenerse mucho. Más temprano que tarde debería desplomarse. Sin embargo, contrario a lo que reza el refrán, estas mentiras parece que tienen patas largas, larguísimas.

El principal factor de sustentación es la maquinaria mediática global, en su mayoría propiedad o subsidiaria de las corporaciones, grupos de poder, oligarquías y élites políticas del capitalismo hegemónico. Ese conjunto de medios (los más poderosos y de mayor penetración en cada país) difunden historias contrarias a la realidad pero que son asumidas como la verdad por grandes masas humanas, idiotizadas por la televisión basura y por las redes sociales. Los medios independientes son cooptados o destruidos, mientras los medios revolucionarios son perseguidos y bloqueados.

Colombia, como país franquicia (para no decir que siervo o lacayo) de EEUU, tiene todos los favores del aparato mediático. Todo lo malo que allí ocurre es silenciado, suavizado, relativizado o tapado con noticias (verdaderas, exageradas o falsas) sobre Venezuela.

Otro elemento de gran peso es el control que las élites globales ejercen sobre los organismos internacionales que deberían cumplir un rol equilibrado. Podríamos hablar largamente acá de Michelle Bachelet y Luis Almagro, pero ya con Colombia tenemos suficiente catarsis para un día de descanso.

El tercer factor, muy importante en el caso de esta perenne confrontación con Colombia, es una clase política y mediática venezolana que, por razones ideológicas, ansias de poder, o simple depravación, hace la comparsa a los regaños del padre borracho que exige sobriedad. Mención especial merecen acá los medios de la derecha local que ahora están empeñados en apoyar la nueva “crisis de los misiles”, montada malamente por Iván Duque, quien al parecer para eso tampoco sirve.

Finalmente, en estas explicaciones de cómo se impone un contrasentido, no se puede perder de vista a la gente común que desea locamente creer las mentiras de patas largas, como el señor al que escuché decir: “¡Pobrecito Uribe, tanto que está luchando por Colombia y ahora este loco quiere lanzarle unos misiles nucleares”.

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV)

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