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Los oficios tradicionales sobreviven en la capital del Ecuador

A 50 centavos los helados de guanábana y mora”, grita Luis Guaita en la esquina de las calles Cuenca y Bolívar, a un lado de la tradicional plaza de San Francisco, en el centro de Quito.

El hombre elabora los tradicionales helados de paila hace más de 50 años. Su preparación inicia a las 05:00, hora en la que se levanta a congelar la pulpa de fruta 100% natural con ayuda del hielo seco que conserva su consistencia. El hielo se lo proporciona el Sindicato de Heladeros Quito a un costo de 1,25 el kilo.

Su papá le enseñó el oficio y con él ha podido mantener a sus hijos que ahora ya son profesionales. “Yo le ayudaba desde joven a vender los helados. Cuando él falleció, a los 78 años, yo me quedé con su negocio”. Todos los días, de 9:00 a 17:00, Guaita oferta sus deliciosos helados a 0,50 dólares.

Luis Guaita trabaja en la plaza de San Francisco vendiendo helados de paila. Foto: Micaela Ayala/Andes

Más arriba, en la calle Bolívar Oe6-99 se encuentra otro negocio tradicional que se niega a morir a pesar del paso del tiempo. Se trata de un taller de restauración en el que se arreglan figuras religiosas, pero también se tratan cicatrices, manchas y heridas en los rostros de los clientes.

Allí trabaja Giovanny Pástor, quien aprendió el oficio hace 20 años en la ciudad costera de Chone. “Un amigo me enseñó y poco a poco fui perfeccionando la técnica”, dice. Ahora sabe remellar, masillar y hasta sacar moldes para piezas que están rotas.

El costo de las reparaciones depende del trabajo que se necesite, si solo hay que coger fallas puede costar entre tres o cinco dólares; si hay que reparar partes enteras de una figura puede cobrar entre 20 y 25 dólares.

Lo novedoso de este local es que Pástor también pueden ‘reparar’ los rostros de las personas con el mismo material que usa en las figuras. Para ello usa un material que se llama “en carne” que se coloca sobre la herida. La aplicación cuesta un dólar, pero los interesados también pueden adquirir un frasco a cinco dólares para llevarlo a la casa.

“Eso le deja nuevito cualquier corte o falla, es 100% garantizado”, dice Pástor. Dice que cuando el corte no está fresco se puede proceder a lijar un poco la cicatriz y luego se aplica el material. Incluso dispone de diferentes colores para cada tono de piel.

En la calle García Moreno, a una cuadra del Palacio de Carondelet, sede del gobierno, se encuentra el Pasaje Amador. Allí funciona la Peluquería Quito, una de las más antiguas y tradicionales de la capital ecuatoriana, en la que se conserva el corte de pelo tradicional.

Luis Armijos es el propietario y forma parte de la tercera generación de peluqueros que ha atendido en este lugar. Él aprendió el oficio de su padre pues dice que la peluquería tradicional (que se realiza sobre peinilla) no se aprende en ninguna academia sino que se transmite de generación en generación.

En su local hay cuatro butacas rojas adquiridas en los ochenta, una radio de perilla que aún funciona y las clásicas peinillas de tonalidades oscuras. En la parte exterior están siete sillas de plástico que crean una sala de espera improvisada. Mientras esperan su turno, los clientes leen el periódico o conversan sobre los problemas de la ciudad, sobre deportes y política.

Luis Armijos aprendióp el oficio de su padre. Su peluquería se ubica en el pasaje Amador. Foto: Micaela Ayala/Andes

La mayoría de clientes son hombres aunque Armijos incorporó recientemente entre susempleados a dos mujeres para que también atiendan a las damas. Allí además se hace barbería, pero ya no de la manera tradicional porque es muy difícil encontrar en el mercado los instrumentos necesarios.  “Antes había crema y jabón de afeitar, ahora hay solo espuma. Las ‘gilettes’ mismo ya solo hay unas de baja calidad, no como antes”, explicó a la agencia Andes.

Tras 40 años de oficio, Armijos se siente orgulloso de mantener viva esta tradición, incluso ha enseñado a tres jóvenes sobre el oficio para que ellos lo sigan practicando. La peluquería abre de 09:00 a 20:00, de lunes a sábado. Y los cortes cuestan tres dólares.

Estos son algunos de los oficios que se niegan a morir en la capital. En el parque El Ejido todavía se puede ver a uno que otro ponchero que luce su tradicional traje blanco y vende el tradicional ponche. Los fotógrafos de retratos a blanco y negro mantienen también la tradición en los parques de El Ejido y La Alameda. Ellos fotografían a los niños sobre un pequeño caballo o con un sombrero vaquero.  

En la Ronda se mantiene los oficios de la Escuela Quiteña

 

Gerardo Zavala elabora trompos y juguetes de madera en La Ronda. Foto: Micaela Ayala V./ANDES

Manos en la Ronda se llama el proyecto impulsado por Quito Turismo que muestra los oficios tradicionales de la Escuela Quiteña.

Sombreros, trompos, adornos de lata, juguetes de madera son algunos de los productos que elaboran los artesanos además de deliciosos chocolates, quesadillas y productos a base de miel de abeja.

La muestra se realiza en cuatro casas patrimoniales (la 989, 925, 762 y 707)  y está a cargo del Instituto Metropolitano de Patrimonio. Los inmuebles fueron rehabilitados y en ellos trabajan 13 artesanos que además de vender sus productos enseñan a los turistas como se elaboran los mismos.

Como Escuela Quiteña se conoce al conjunto de manifestaciones artísticas que se desarrolló en Quito durante la época de la Colonia. 

Uno de los artesanos de este novedoso proyecto es Luis López, quien elabora sombreros de paja toquilla, paño, organza, licra, tafetán o tul. En su local Sombreros Humacatama hay sombreros de todo tipo, color y tamaño, incluso algunos muy exóticos diseñados exclusivvamente para lucir en pasarelas o desfiles de modas.

Los adornos en lata elaborados en la Hojalatería Manuel Humberto Silva son verdaderas obras de arte a las que se dedica mucho tiempo y paciencia. Don Silva se ha convertido en uno de los personajes más queridos de la calle La Ronda por continuar ejerciendo un oficio tan tradicional y delicado.

Este mismo esfuerzo requieren la amplia variedad de trompos que elabora Gerardo Zavala y que ponen a todos los quiteños a rememorar la infancia. En su local Zavalarte diseña trompos de todo tamaño y forma que rememoran las épocas en las que los niños se divertían con este juguete.

Don Manuel Humberto Silva mantiene su Hojalatería en el barrio de La Ronda. Foto: Micaela Ayala/Andes

En el proyecto de La Ronda también hay una ‘luthería’ en la que no solo se arreglan los instrumentos de cuerda sino que se elaboran bajo pedido. No hay un tiempo límite pues cada guitarra, charango o requinto, es un caso especial y requiere una trabajo especializado.

También funciona Vulgomaestre, una empresa de diseño que mezcla los personajes, leyendas, fiestas y comida típica del Ecuador con elementos importados, en una suerte de crítica y revalorización de las raíces del Ecuador.

Así por ejemplo tienen su propia versión de Rosita Frie Cuyes en contraposición a la cadena Kentucky Fried Chicken o Longa Cola la versión ecuatoriana de Coca Cola. También han dedicado líneas completas a la Diablada de Píllaro, a la fiesta del Inti Raymi y a la tradicional celebración del Día de los Difuntos. Con sus diseños elaboran camisetas, bolsos, cuadros, cuadernos, e incluso vasijas de barro pintadas a mano.

En cuanto a las delicias culinarias, la histórica Panadería de San Juan, también tiene su espacio en la Ronda. Manuela Cobo forma parte de la cuarta generación al frente de esta institución. Ella muestra a los turistas cómo se elaboran las tan famosas quesadillas que son el deleite de muchos. 

ChezTiff Artesanal es una pastelería en la que los turistas pueden aprender sobre la historia, el proceso y la degustación en vivo del chocolate, desde que es una pepa de cacao hasta que adorna los dulces.

El proyecto Manos a La Ronda atiende a los turistas de lunes a sábado, de 10:00 a 18:00, y  los domingos, hasta las 15:00. Esta es una alternativa para que los turistas visiten esta famosa calle también durante el día.

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