Vacuna antivenezolanos de Duque expresa odio histórico de la oligarquía colombiana

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Vacuna antivenezolanos de Duque expresa odio histórico de la oligarquía colombiana

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Foto: La Iguana
Yvke Mundial/Clodovaldo Hernández

¿Ha tenido usted una pareja, un familiar, un vecino o un compañero de estudio o de trabajo a quien se ha esforzado en tratar con amor o al menos con respeto y consideración y del que solo ha recibido desplantes y humillaciones?  ¡Ah, bueno, entonces usted sabe cómo ha sido la relación de Venezuela con su hermana y vecina Colombia! 

Ignoro si alguien ha intentado recopilar una antología de la inconsecuencia histórica, pero en tal caso, en ella ha de aparecer esta relación bilateral desde tiempos de la Independencia hasta hoy. Debe haber pocas situaciones tan cargadas de ingratitud y falta de reciprocidad entre dos naciones genuinamente hermanas. 

Tan es así que muchos venezolanos repudian el uso de esta palabra (hermana), por considerar que Colombia no la merece. Pero es un hecho histórico incontestable que ambas son hijas del mismo proceso liberador y del mismo líder. 

El reciente anuncio de Iván Duque -apodado por algunos de sus compatriotas como “el subpresidente”- de que el gobierno que él nominalmente dirige no va a cubrir la vacunación de los venezolanos «ilegales» es apenas la más reciente expresión de esa inconsecuencia histórica, fruto del odio que carcome a la oligarquía colombiana en contra de Venezuela, desde que el levantisco caraqueño Simón Bolívar llevó arreados a los líderes neogranadinos hasta conseguir una libertad plena de España que, según muchos síntomas, esa dirigencia no deseaba realmente. 

La historia de la inequidad se repite sin cesar como un ritornelo del karma. Uno de sus momentos clave ocurrió cuando el taimado Francisco de Paula Santander intentó asesinar a Bolívar y fue perdonado por el Libertador, beneficio que, por cierto (aunque ese es otro tema), no tuvo el almirante José Prudencio Padilla, héroe de la batalla naval del Lago, el epílogo bélico de nuestra independencia, en 1823. 

Con las variantes del tiempo, el planteamiento siempre es el mismo: la élite colombiana ataca, agrede, maltrata, y Venezuela pone la otra mejilla. 

En rigor, debería ser Venezuela la que guardara rencor y añejara resentimientos porque la oligarquía colombiana fue clave en la desintegración de Colombia la Grande, el proyecto estratégico de Bolívar que nos habría convertido en potencia económica y geopolítica hemisférica y mundial. Aquella era una nación con fachadas andina, amazónica, atlántica, caribeña y pacífica, con un territorio que por entonces incluía el istmo de Panamá. Aliado con los ambiciosos godos venezolanos, el redomado traidor Santander rompió en pedazos el visionario plan del Libertador. 

Pero eso no es todo. La oligarquía colombiana, una vez consumada la división, se dedicó a despojar a Venezuela de extensos territorios mediante cuestionables mecanismos, incluyendo un amañado laudo en el que la Corona española se vengó, premiando a la realista Colombia y castigando a la rebelde Venezuela. Así se quedaron con casi toda la península de La Guajira y una enorme extensión de llanos y selva que actualmente forman parte de los departamentos de Casanare, Arauca, Vichada y Guainía. 

Durante el siglo XX prosiguieron los robos y las tentativas de expansión territorial, llegando al extremo de la provocación militar en 1987, con la incursión de la corbeta Caldas en aguas del golfo de Venezuela, una irresponsable jugada que nos puso al borde de la guerra. Ante todos esos arrebatos, de este lado siempre se actuó con estoicismo, con serenidad e, incluso, con pasividad. Cuando ocurrió el incidente del Caldas, ya había en Venezuela entre dos y tres millones de colombianos. Ninguno sufrió represalias por las actitudes belicistas del gobierno de su país natal. 

En los últimos años, merced a una campaña millonaria de desestabilización, la clase dominante colombiana se ha presentado ante el mundo como víctima de una terrible ola migratoria, configurando así uno de los aspectos más ruines de la inconsecuencia secular respecto a Venezuela. Una simple operación aritmética demuestra cuán hipócrita es esa postura. Aun aceptando las dudosas cifras de Colombia, que hablan de 1,7 millones de venezolanos migrantes, seguirían siendo entre 3 y 4 millones menos que los colombianos en Venezuela. 

La violencia endémica colombiana ha convertido a esa nación en una fuente de migración constante durante décadas. Venezuela, como nación limítrofe, ha sido uno de los destinos preferidos de los desplazados. Según las estadísticas más recientes, residen en el país entre 5 y 6 millones de colombianos. Venezuela no se ha limitado a tolerar esta migración, sino que la ha integrado a la dinámica nacional y, en los últimos veinte años, la ha hecho beneficiaria de las políticas sociales, en pie de igualdad con los venezolanos. Dicho sea de paso, aunque no es un detalle menor, esas políticas sociales son inimaginables en Colombia, uno de los países más desiguales del planeta. 

Solo para hablar de asuntos relacionados con las enfermedades, en Venezuela nunca se le ha negado las vacunas a ninguna persona por su nacionalidad. Las carencias que han sufrido los colombianos (legales o no) en el sistema público de salud de Venezuela son las mismas que experimentan los venezolanos, agravadas en los últimos años por el bloqueo económico, las medidas coercitivas unilaterales y el saqueo de activos venezolanos en el exterior, crímenes de los que la élite política colombiana es cómplice directa. 

Por supuesto que la conducta fratricida, la falta de correspondencia, la vil ingratitud tienen en los tiempos actuales un componente de lucha geopolítica. Colombia encarna el modelo neoliberal salvaje y Venezuela, el de la alternativa, cuyo horizonte es el socialismo.  Por eso, la inconsecuencia histórica queda siempre oculta debajo de la parafernalia que apoya al sistema hegemónico global: los otros gobiernos de derecha, los organismos internacionales, las falsas organizaciones no gubernamentales y la maquinaria mediática se complotan para que el mundo no capte el abyecto proceder de la pandilla que gobierna Colombia. Así vemos como Estados Unidos, países de Europa, el sinvergüenza secretario de la Organización de Estados Americanos, las ONG financiadas por la USAID y los grandes medios de desinformación aplauden el supuesto éxito del gobierno colombiano en el combate de la Covid-19, muy a pesar de que ese país registra millón y medio de casos, más de 41 mil muertes y ocupa el puesto 11 a escala mundial en número de contagiados y el 12 en cifra de decesos. 

En tanto, Venezuela registra (en la mañana del sábado 26) menos de 112 mil casos y 1 mil 10 fallecidos, pero la alcahuetería general de la que se beneficia la ominosa clase política colombiana le permite a Duque poner al revés la realidad y decir que si su gobierno accede a vacunar a los venezolanos se produciría una estampida humana de Venezuela hacia Colombia, es decir, que la gente se movería en masa desde un país con 112 mil casos a uno con millón y medio, para que le pongan una vacuna. Un contrasentido que movería a risa, de no tratarse de un asunto tan grave. 

También le permite aparentar que su política de vacunación será para todos los colombianos, cuando es evidente que en esa nación solo los privilegiados tienen acceso real a la salud. 

La complicidad de la derecha venezolana con sus pares neogranadinos es un tema que amerita artículos aparte muy extensos. Por lo pronto solo digamos que los mismos godos y traidores que apoyaron el separatismo de la Gran Colombia y los mismos que consintieron los grandes despojos territoriales son los que ahora respaldan las políticas xenofóbicas del subgobernante colombiano contra los venezolanos pobres que han ido a parar a las ciudades colombianas en busca de oportunidades. Esa es la manera como estos líderes opositores venezolanos retribuyen los favores al deplorable figurín que los recibe con alfombra roja y con quien emiten unas tan desfachatadas como cursis declaraciones conjuntas. 

Así va, pues, la aún no escrita antología de la inconsecuencia y la ingratitud entre estas dos hermanas. Quien se anime a elaborar esta obra debe tener en cuenta que siempre será un trabajo inconcluso porque a cada rato surge un nuevo capítulo. El odio de esa clase dominante es inagotable. 

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV) 

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