Trump, Bolsonaro, Uribe, Duque, el rey de España ¿a quiénes admira la oposición?

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Trump, Bolsonaro, Uribe, Duque, el rey de España ¿a quiénes admira la oposición?

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Foto: La Iguana
Yvke Mundial/Clodovaldo Hernández

¿De verdad un opositor venezolano (que no esté gravemente disociado, valga la acotación) puede mirar hacia los países aliados de su tendencia política y encontrar algún aliento? ¿En serio?

Sé que en materia de gustos políticos y consideraciones sobre el liderazgo hay una gran variedad -como en todo- pero, caramba, ¿qué tipo de estímulo podría encontrar una personas decente y pensante (características autoproclamadas de nuestros opositores) en los líderes o en las realidades políticas de las naciones que impulsan el llamado “cambio de régimen”?

Comencemos por Estados Unidos, claro -¡faltaría más!- ¿Es Donald Trump un sujeto digno de las rabietas solidarias que algunos venezolanos protagonizan en estos días y de las lágrimas que otros han vertido por su todavía no cristalizada derrota?

Bueno, Trump ha sido el máximo líder opositor durante los últimos cuatro nefastos años, y por eso merece alguna solidaridad. Pero de ahí a ser una referencia política hay un trecho. El sujeto es un típico rolo de vivo capitalista salvaje, ricachón de cuna, evasor de impuestos, acusado varias veces de abuso sexual, amigo de pedófilos, supremacista blanco, misógino, figura de la televisión-basura, empresario que se declara en bancarrota cuando le conviene, deslenguado e inculto (por desprecio al conocimiento, no por falta de oportunidades) y no precisamente un dechado de simpatía. Uno puede entender que tenga muchos seguidores en EEUU, un país con el que comparte muchas de esas características. Pero, ¿qué tienen en la cabeza quienes, de este lado del vecindario continental global, lo consideran un faro, un ejemplo a seguir?

Y, aclaremos de una buena vez, esto no significa que quien al parecer le ganó las elecciones, Joe Biden, sea -ese sí- un tipazo digno de admiración de los antirrevolucionarios venezolanos. No. Aparte de ser un político bastante gris y desgastado, y de tener su respectivo expediente en materia de delitos sexuales, fue vicepresidente de uno de los gobiernos más invasores y guerreristas de los últimos tiempos, el del premio Nobel Barack Obama.

A algunos les ha dado un poco de pena (sobre todo, después del primer debate) y dicen que ellos no admiran a Trump ni a Biden ni a ningún personaje en particular, sino a la ejemplar democracia estadounidense. Pero hay que tener bríos para decir eso luego de estos días patéticos, en los que el sistema político y electoral de EEUU ha quedado al descubierto en todo el esplendor de sus imposturas: elecciones de segundo grado, duopolio del bipartidismo por dos siglos y medio, paramilitarismo amenazando en la calles con armas largas, desconfianza en el sistema electoral, control de los medios sobre el resultado final, represión, racismo…

Sigamos con los grandes ídolos de la oposición venezolana, entre quienes destaca Juan Carlos de Borbón, a quien llaman ahora el rey emérito, pero que ha demostrado no ser más que un soberano choro. Ahora está prófugo de la justicia española, la misma que tardó demasiado en entender que el monarca era, en realidad, un rey del guiso.  Con estas «credenciales» se comprende que el mangante coronado sea admirado por los líderes opositores, casi todos veteranos ladrones de cuello blanco o aspirantes a serlo. Lo que no se entiende es que los ciudadanos opositores comunes también lo quieran bonito.

Ya que estamos en Europa (tierra de monarquías cleptómanas y de peligrosísimos neofascismos), podemos constatar que los líderes más reconocidos por los antichavistas en el Viejo Continente fueron incapaces de atender la primera ola de la Covid-19, y ahora están de nuevo a merced de la segunda, mientras se ocupan de emitir nuevas medidas coercitivas contra Venezuela para no provocarle una rabieta de despedida al energúmeno de Washigton.

Volemos a los otros grandes focos de la admiración opositora que están por acá mismo, en nuestra América.  Gente que se dice amante de la paz, enemiga de un supuesto narcogobierno y denunciante de atropellos contra los derechos humanos, esa gente, al mismo tiempo, ama a Álvaro Uribe y a su joven maravilla, Iván Duque, con sus campañas electorales financiadas por capos de la droga y su gobierno de masacres, asesinatos de líderes sociales y eliminación sistemática de exguerrilleros pacificados. Me van a perdonar, pero ahí hay algo que no cuadra.

Vayamos al lado sureste de nuestra frontera y observemos, con curiosidad antropológica, a otro espécimen idolatrado por opositores venezolanos: Jair Bolsonaro. En verdad hay que quererlo mucho para no insultarlo cuando dice que tenerle temor a la Covid-19 es un acto de cobardía y, para colmo, lo identifica con una preferencia sexual. ¿Habrá en América Latina un animal antediluviano más retrógrado y recalcitrante que este ser? Parece difícil. Y lo peor es que entre sus fans se cuentan opositores venezolanos que se consideran a sí mismos como «de izquierda». ¡Válgame Cristo!

El espacio no va a alcanzar para una revisión a fondo, pero que quede constancia que los opositores venezolanos declararon su amor a Jeanine Áñez y a los psicópatas que la acompañaron en su gobierno de facto. Que conste en actas que deliran por el plutócrata Sebastián Piñera y por el traidor Lenín Moreno, ambos -irónicamente- salvados por la pandemia, pues sin la irrupción del coronavirus ya sus pueblos los habrían echado a patadas de los palacios gubernamentales.

Una reflexión final sobre los sujetos de admiración de la derecha venezolana: muchos declaran valorar el rol que ha cumplido el increíblemente ominoso Luis Almagro, repudiado hasta por su mentor político, Pepe Mujica y por su antiguo partido. ¡Caramba!, hay que estar desesperado políticamente para anotarse entre los seguidores (así sea en Facebook) de alguien así.

Y como colofón, pensemos en cuánto apoyo y cuanto agradecimiento han prodigado los apodados escuálidos por el Grupo de Lima, que a lo largo de estos años se ha caído a pedazos y por su propio peso, tal como pasó esta semana cuando el Congreso de Perú destituyó al presidente Martín Vizcarra y lo declaró incapacitado moralmente de por vida. ¡Huy, qué feo, señores opositores, con aliados así, no necesitan enemigos!

 
 

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