Traficantes de tristeza

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Traficantes de tristeza

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Carola Chávez (Foto: Archivo)
YVKE Mundial/UN/Carola Chávez

De esta guerra de mil aristas que vivimos surge un batallón no solo miserable, sino pavosísimo: los traficantes de tristeza, una especie del guardianes de lo trágico, sacerdotes de la inquisición contra la alegría, relatores de sufrimientos y penurias en tercera persona, militantes de efímeras campañas que inundan foros y redes sociales. Los traficantes de tristeza se regodean en las dificultades, las poetizan, las elevan soberbios a categorías literarias en nombre de “los que no tienen voz”, expropiando voces, enmudeciéndonos.

Expertos en historias oscuras, tristes y reales, sí, como reales son tantas otras que descartan por contradecir su oscura narrativa. ¡Ay de la luz si se atreve a interrumpir el drama que vivimos, ay de quién se le ocurra prenderla! No se puede ser tan insensible a la tragedia que vive el “pueblo de a pie”, como para pretender que siga habiendo cumpleaños, besos, chistes buenos, navidades, música y sandungueo…

Mucha hipocresía, muchas omisiones calculadas, mucha frivolidad, mucho faranduleo que dejan las costuras a la vista. Se lamentan por el Suena Caracas, “porque no se puede gastar en eso cuando el pueblo tiene hambre y con hambre no se baila”, mientras que el Caracas Oktoberfest les da un aire de país. Se lamentan por el pernil navideño, “porque eso no resuelve nada” y cuando les toca a ellos, lo agarran hechos los Bartolos. Decretan el sufrimiento integral, eso sí, solo para el “pueblo sufrido”, para que nada desentone con el relato de orfandad y derrota que nos debe rendir deprimidos.

A los traficantes de tristeza les indigna que enfrentemos la dura realidad que esta guerra nos impone con nuestra venezolanísima jodedera. Y como no pueden con ella, descalifican nuestra alegría como inconsciencia, falta de formación, tercermundismo, desorden, conformismo… y yo pienso en el ejército de Bolívar, y en el montón de anécdotas geniales que nos dejó la historia y no me los imagino venciendo al imperio español si hubieran ido a la batalla arrastrando los pies apesadumbrados, negándose su propia esencia desenfadada, jodedora, optimista… negándose la fuerza que inyecta en el alma una sonora carcajada.

En cambio me imagino clarito al ejército español marchando poderoso y soberbio hacia la derrota, mientras se preguntaba: ¿de qué se ríen esos carajos?

Carola Chávez
Escritora
carolachavez.wordpress.com

 
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