Promesas

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Periodista venezolano Earle Herrera /Foto:Archivo
YVKE/UN/Earle Herrera

Inimaginable una vida sin promesas. ¿Qué sería de las religiones? ¿Qué del amor? Los partidos no existirían y la politología sería una rama de la metafísica. Ya lo dijo Eliot: “el ser humano no puede soportar tanta realidad”. La impar Olga Guillot lo gimió en dos palabras: “miénteme más”. En una campaña electoral en Perú, colgaron una pancarta desgarradora: “¡Basta de realidad, queremos
más promesas!”. La publicidad engañosa –¿redundo?- hace agua la boca y desbarata la ley de la oferta y la demanda. El encantador de serpientes hace siglos salió de Bombay.

No hay campaña sin promesas. A estas les ponen nombres que asustan. Plan quinquenal, proyecto binario, programa sinérgico. Nadie titula “Promesas” sus promesas. Ni locos. No crean que los únicos en ofrecer paraísos son los populistas. En su campaña de 1932, conscientes de los estragos que había causado la guerra en el género masculino teutón, Hitler prometió que cada mujer alemana tendría un marido, por lo menos. Muchos años después, el doctor Rafael Caldera ofreció crear el “banco del amor”. Ganó y el amor siguió desbancado, gracias a Dios.

Prometer no cuesta nada. Una de las ventajas de la promesa es que no hay obligación de cumplirla. Un ex dirigente de URD, Montiel Ortega, en una calurosa campaña, prometió bajarle dos grados de temperatura a la isla de Margarita. Los ñeros celebraron la oferta pero no la compraron. Ya venían de cruzar el puente Margarita-tierra firme que Luis Herrera Campíns les prometió y nunca cumplió. La autopista Caracas-Oriente ningún gobierno la ha concluido porque, como promesa, es una mina de votos. Las promesas no se matan.

Cuando los chavistas andábamos prometiendo un edén comunal, una política pragmática, María Corina Machado, en unas internas de la derecha, prometió el “capitalismo popular”. Con esta oferta zanjaba la contradicción de la contradicción que traía de cabeza a los marxistas desde 1848. Les garantizó a los buhoneros la utopía: una membresía y un sillón en Fedecámaras. Por poco no les quita Juan Bimba a los adecos, lo único que les quedaba. Rosales andaba por esos días prometiendo una tarjeta afrodescendiente. Prometer es seducir. Y seducir es “engañar con arte y maña”. Nuestros candidatos, más que artistas, son mañosos. Y muchos, hasta
malamañosos.

 
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