La violencia guarimbera también tuvo como cómplice un “sifrinazgo periodístico"

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La violencia guarimbera también tuvo como cómplice un “sifrinazgo periodístico"

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Foto: Archivo
Yvke mundial/Clodovaldo Hernández

El diputado Miguel Pizarro, con unos cuantos meses de retraso, ha reconocido que “el sifrinazgo caraqueño” incitó, armó y pagó a jóvenes, algunos de ellos menores de 18 años, para llevar a cabo las violentas protestas de 2017, en las que hubo más de un centenar de muertos.

Ya que es tiempo de revelación de verdades, sería oportuno que la maquinaria mediática de la derecha y los comunicadores que actuaron en esos hechos también admitieran su papel en ellos o señalaran el de quienes los indujeron a estimular la violencia.

Veamos: Pizarro, salvando su propia responsabilidad, aseguró que él trató más bien de apaciguar, de calmar los ánimos que los otros atizaban, para que los jóvenes opositores sintieran que entre los políticos al menos había alguien con un mensaje sensato.

No le hicieron mucho caso porque los otros, el “sifrinazgo” (como él los bautizó), ofrecían demasiadas tentaciones: dólares, bolívares, licor, drogas (¿se acuerdan del captagon?), licencia a los malaconducta para cobrar peaje sin restricciones en las urbanizaciones y reconocimiento público como héroes.

Como ya lo han comentado numerosos dirigentes, analistas e influencers, se trata de una confesión de parte, que hace innecesarias las pruebas. También es una confirmación de lo que reiteradamente denunciaron entonces los voceros del gobierno y la prensa alternativa: las protestas no eran espontáneas expresiones de la ciudadanía, sino acciones instigadas y financiadas por la derecha para desestabilizar y derrocar al gobierno, aunque eso implicara un baño de sangre.

El “sifrinazgo mediático”

La declaración de Pizarro tiene un correlato en el plano mediático, solo que aún no ha aparecido ningún protagonista equivalente a este diputado de apariencia hipster, alguien que se atreva a admitir la parte de culpa que tuvieron los órganos de prensa y los periodistas en esos cuatro meses de locura colectiva.

Tal vez nunca ocurra tal “pizarrada” en el ámbito mediático, pero una revisión de algunos de los muchos lamentables hechos de ese año demuestra que de esa ola de terror también participó la derecha comunicacional y un cierto “sifrinazgo periodístico”, dicho sea reconociendo los derechos de autor que tiene Pizarro sobre esa palabra.

Casi toda la cobertura mediática de esos días fue depravadamente sesgada hacia la incitación de la violencia. Tanto los medios locales como los globales glorificaron a los manifestantes calificándolos como “libertadores”. Fue habitual que se elevara al rango de estrellas de rock a quienes disparaban detonantes a los cuerpos de seguridad con morteros caseros o les lanzaban frascos llenos de excremento. Una dama con apariencia fitness alcanzó fama mundial como lanzadora de piedras y bombas molotovs. Recuerdo a un amigo corresponsal europeo que me comentó: “En cualquier otro lugar del mundo, esta chica ya estaría presa, y le esperaría una condena de varios años de cárcel, y en algunos países, a los medios que la mostraron como heroína los procesarían por apología del delito”.

Esa fue una de las contribuciones más importantes del aparato mediático con la estrategia de la ultraderecha violenta. Muchos de los jóvenes que participaron en las protestas lo hacían por el irresistible encanto de los medios, porque soñaban con ser el superhéroe del día y que los periodistas –sobre todo los de la prensa extranjera- los entrevistaran y les tomaran fotos y videos en plena acción.

Otro de los oscuros aportes de la prensa  a esa ola de violencia fue tergiversar conscientemente la causa de la muerte de jóvenes como Neomar Lander, a quien le estalló (cuando estaba muy cerca de Pizarro, por cierto) el mortero que manipulaba y que los líderes de la protesta, irresponsablemente, pusieron en sus manos o, al menos, le permitieron portar, siendo él un adolescente. Para encubrir semejante negligencia, los medios dijeron que fue asesinado intencionalmente por los cuerpos de seguridad… y aún lo dicen.

La lista de agravios a la verdad periodística podría alargarse mucho. Pero resaltemos acá una tercera forma en la que intervinieron los medios de la derecha y el sifrinazgo periodístico en aquel sangriento 2017: relativizando la violencia opositora.

En este punto, el evento más emblemático fue la quema de Orlando Figuera, un hecho tan público y notorio que no pudo ser ocultado. Ante un crimen tan bárbaro, los medios de la derecha y el sifrinazgo periodístico han optado por ir desde el eufemismo hasta el encubrimiento desembozado. Lo hicieron cuando ocurrieron los hechos, lo hicieron durante las incidencias de la investigación y lo siguieron haciendo, cuando uno de los asesinos estuvo detenido en España y se negó su extradición. Primero justificaron lo ocurrido, alegando que Figuera trató de robar a un manifestante; luego se sumaron a la vil postura de la entonces fiscal Luisa Ortega Díaz, que atribuyó el hecho a una riña; y en tiempos recientes, la derecha mediática y el sifrinazgo periodístico sostienen que el homicida pirómano es un perseguido político.

El del infortunado Figuera es solo el caso más notorio, pero alrededor de veinte personas fueron quemadas por turbas opositoras, que en el lenguaje de los medios de la derecha y del sifrinazgo periodístico no son turbas, sino manifestantes indignados de la sociedad civil.

La maquinaria mediática y el sifrinazgo periodístico también participaron de aquella ola de violencia al cohonestar montajes al estilo de la Plaza Verde de Trípoli. 

En este caso es icónica la cobertura del 30 de julio de 2017, fecha de las elecciones a la Asamblea Nacional Constituyente, que terminó siendo -para fortuna del país- la última jornada de cierre arbitrario de vías, quema de desperdicios, ataques con bombas y disturbios bajo el impulso de la oposición. Pero si se busca el registro histórico que dejaron los medios de la derecha nacional y global, con el trabajo denodado del sifrinazgo periodístico, esa violencia habría sido obra del chavismo para forzar a la gente a votar. 

Las portadas de los medios españoles de esos días fueron especialmente mentirosas. Dijeron que Maduro impuso por la fuerza “su Constituyente” y mostraron (todas, al unísono) la foto de una potente explosión ocurrida en plaza Altamira. Pues, resulta que tal explosión fue obra de los grupos ultraderechistas violentos en contra de la Policía Nacional. Ese atentado fue parte de los actos de sabotaje de los grupos que se opusieron a las elecciones de ese día. La violencia era para impedir las votaciones, no para imponerlas, es decir, que los medios propalaron una falsedad químicamente pura, al 100%.

Ese episodio específico es uno de los más claramente demostrativos del rol de cómplices que tuvieron los medios y el sifrinazgo periodístico en aquella nefasta violencia que, de no ser por la apelación del presidente Maduro a la opción constituyente, pudo derivar en guerra civil. La clave de ese momento en particular es que la prensa fue puesta en alerta de que el explosivo sería detonado al paso de una caravana de policías motorizados. Por ello la mayoría de las fotos y ángulos de cámara son perfectos, casi cinematográficos: ni tan lejos como para perder detalles espectaculares, ni tan cerca como para correr el riesgo de salir heridos. Con esas fotos y videos, a sabiendas de que era de una noticia fabricada por la oposición, los medios y los periodistas siguieron insistiendo (hasta el sol de hoy) en que se trató de un acto del gobierno para imponer el resultado de unas elecciones.

No fue esa la primera vez que los medios se prestaron para un montaje potencialmente asesino. Durante los cuatro meses previos hubo situaciones parecidas en el distribuidor Altamira y en otros tramos del guarimbódromo, como se le llama irónicamente al espacio donde ocurrieron las protestas. Los audios de algunos de los videos son la mejor prueba de que los fotógrafos, camarógrafos y periodistas estaban “dateados” acerca del lugar y el momento en que iban a producirse grandes detonaciones en contra de agentes del orden público. 

No era raro ver en esos días a periodistas, camarógrafos y fotógrafos “discutiendo una escena”, cual directores de película, con los “jóvenes luchadores por la libertad”, es decir, con los manifestantes violentos, de modo que estos aparecieran lo más heroicos que fuera posible. ¿No era eso una instigación muy semejante a la que perpetraron, con dinero, licor y drogas, los políticos sifrinos a los que aludió el hipster Pizarro?

Cada vez que se plantea el tema de la corresponsabilidad de medios y periodistas en eventos como los señalados, los sectores implicados asumen la actitud que cabe esperar del cómplice de un hecho grave: negarlo todo o hacerse los desentendidos. Los dueños de los medios, por supuesto, lo hacen sin ruborizarse porque esa es su naturaleza o porque son financiados por los promotores extranjeros de la insurrección, como lo reconoció recientemente el genocida en serie Elliott Abrams cuando habló de los aportes financieros de la USAID a la “prensa libre”.

Mientras tanto, algunos de los periodistas (sifrinos o aspirantes a serlo) apelan a una supuestamente obligatoria solidaridad gremial, expresada en ciertas frases célebres. Te salen con aquello de que “el que le pega a su familia se arruina” o que “entre bomberos no vamos a pisarnos la manguera”. Gracias al cielo, todavía queda gente que no pertenece a ese tipo de familias ni a esa clase de cuerpo de bomberos.

Lo cierto es que esa enmarañada relación entre la oposición ultraderechista y la prensa, entre el sifrinazgo político y el sifrinazgo periodístico es una buena explicación de por qué existe tanta hostilidad y recelo del chavismo y de otros sectores populares ante los medios de comunicación y ante el sifrinazgo periodístico. Objetivamente hablando, no es para menos.

(Clodovaldo Hernández /LaIguana.TV)

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